jueves, 16 de febrero de 2017

HÉCTOR GONZÁLEZ VILLALBA: ENTRE ESTAMPILLAS Y BALONES

Por Zurisaddai González González
Ciudad de México (Aunam). Los estadios deportivos son como la extensión de su hogar; los gritos de los aficionados siguen impregnados en su piel. No sólo ve a los deportistas en acción, sino que vive con ellos cada paso que recorren en la cancha. Cinco segundos de nerviosismo y todos los asistentes guardan silencio; él se queda quieto, la respiración se torna lenta y luego las voces se alzan al unísono exclamando: ¡GOOOOOOL!


No obstante, la verdadera acción llega después, cuando tras subir al quinto piso del edificio de Milenio, Héctor González Villalba comienza a redactar en su computadora los sucesos del partido. En un pequeño cubículo situado cerca de la ventana, los dibujos de su hija de seis años sirven como inspiración para que el periodista haga que los deportes cobren vida a través de sus palabras.

Los murmullos del piso se combinan con el sonido de los dedos que, velozmente, oprimen las teclas de las computadoras. Permean todo el ambiente y agregan un toque de caos al lugar, por lo que es difícil llevar a cabo una charla serena. Se vuelve imprescindible salir de ahí para la entrevista.

Mientras se abandona el lugar, el periodista comienza a presentar el edificio como lo haría cualquier madre al presumir orgullosa a su hijo. “Milenio empezó como una revista, la cual desapareció después de un tiempo para darle paso al periódico. Ahora no sólo tenemos eso, sino que también contamos con contenido televisivo, radiofónico e incluso en internet”, indica un poco distraído.

Atraviesa la cafetería mientras saluda a unos compañeros de la oficina. Después entra a un cuarto donde tres personas trabajan frente a sus computadoras. “El de en medio está editando unas partes del partido para el programa de la noche. Cada uno tiene una función importante, ya que aquí se lleva a cabo la preproducción y posproducción”, dice mientras se despide con la mano.

El recorrido continúa y tras subir unas escaleras se contempla el corazón de la empresa: la sección del periódico impreso. El lugar late con un ritmo estable, como el de un atleta que ya conoce sus movimientos y el de sus rivales. Por otro lado, aparecen las pequeñas cabinas de radio que esperan ansiosas a los locutores que calienten los micrófonos con sus palabras.

Tras varios pasillos se vislumbra el set de filmación, lugar donde el programa Los rostros de la Afición se transmite todos los días a las 22:30 horas. Afuera del estudio, un grupo de personas siguen en lo suyo: hacen gráficos y seleccionan la información que los noticieros utilizaran durante todo el día. En todo momento, el tiempo parece un espejismo que se fuga sin decir más.

González decide salir una vez más y se dirige a un lugar donde los tonos grises y rojos se adueñan de las paredes. Fotografías de ataúdes de Pedro Armendáriz, Frida Khalo, Pedro Infante entre otros se encuentran ahí, recordándole a la persona que los note el inapelable futuro de todo ser humano. Al entrar por la puerta que está en medio de los retratos, aparece una recóndita cafetería.

El entrevistado escoge una mesa blanca de plástico para empezar la charla. Mientras recarga los codos sobre la superficie, el periodista comienza a recordar como su interés por los medios de comunicación ya corría por sus venas desde que era apenas un niño.

El deporte, presente desde su niñez

“¿Sabes? La realidad es que, desde que tengo uso de razón, quizá desde los seis años ya jugaba a ser editor de periódico. En ese entonces, recuerdo muy bien que habían unas estampillas coleccionables de los Muppet Babies. Yo pretendía que esas estampas eran fotografías y las ponía en hojas blancas, que a su vez apilaba para darles forma de periódico”, relata nostálgicamente.

Sus recuerdos de la infancia comienzan a brotar. González Villalba nació en Pinotepa Nacional, Oaxaca. De ojos pequeños, moreno y cabello negro, el periodista siempre fue muy cercano a los deportes, especialmente al fútbol y el atletismo. A los diez años vivía en Puebla y ya participaba en las competencias estatales de salto de altura, salto de longitud y relevos 4x100.

Durante su niñez, el entrevistado tuvo la suerte de contar con una maestra de atletismo que lo motivaba, en cada entrenamiento, para convertirse en un atleta de alto rendimiento. Por eso, desde esa edad, González Villalba veía su vida dedicada al deporte.

Sin embargo, la separación de sus padres llegó y el periodista se vio en la necesidad de regresar a Oaxaca con su papá, mientras que sus hermanos se quedaron en Puebla con su madre, situación que afectó su desarrollo deportivo.

“De estado a estado hubo un gran cambio, puesto que se debe tomar en cuenta que hay unas entidades más desarrolladas en ciertas áreas que otras. Entonces, tras las circunstancias de la vida que me llevaron a Oaxaca, perdí todo ese seguimiento que llevaba y lo único que había por hacer era dedicarse al estudio”, recuerda.

Decisiones difíciles, recompensas satisfactorias

La vida, algunas veces, da giros radicales, y fue eso lo que sucedió con Héctor González. Después del bachillerato, su padre le insistió en que la mejor opción era estudiar Contaduría, pero el muchacho que jugaba a ser periodista tuvo la oportunidad de presentar el examen de admisión en la UNAM. La fortuna le sonrió y obtuvo su lugar para estudiar la carrera de Ciencias de la Comunicación y Periodismo. Su sueño apenas empezaba.

El entrevistado vivió sólo en una pensión, donde estuvo tres años. A veces no comía en ese lugar porque los alimentos se daban en horas muy específicas; si no se llegaba a tiempo, el estómago se quedaba vacío.

En su época de estudiante, las clases en su facultad formaban parte de un tronco común con otras carreras. Así fue como conoció a una estudiante de Relaciones Internacionales llamada Brenda García Reséndiz, que más tarde se convertiría en su actual esposa.

Al entrar a la UNAM, González Villalba no se olvidó de sus pasiones deportivas y se inscribió a la selección de fútbol soccer. Sin embargo, en ese momento de su vida el entrevistado tuvo que sopesar y decidir cuál de las dos actividades merecía su esfuerzo completo.
“Decidí terminar la carrera porque era para lo que me habían apoyado mis padres. También me puse a pensar que el seguir la aventura del fútbol conllevaba el riesgo de que, antes de alcanzar una instancia más confortable, te rompieras una rodilla en un instante y ahí se acabara todo”, comenta.

Otro motivo para abandonar su sueño de futbolista fue el darse cuenta que su edad jugaría en su contra a la hora de buscar una oportunidad en algún equipo.

“Tenía presente que al salir de la universidad, con 22 o 23 años, ya estaría pensando en otras cosas, como el buscar un trabajo para pagar la renta y promoverme porque, en este medio, los sueldos al inicio no son muy favorecedores”, explica con un tono más serio y pensativo.

Héctor González empezó a adelantar materias de la carrera porque creyó que si se titulaba antes que sus compañeros conseguiría un empleo más rápido. El también conductor llegó así a Radio UNAM, sitio en el que realizó su servicio social y fomentó su forma de trabajar.
“Estuve en el área de producción cultural y fue una experiencia estupenda, te nutre mucho. Era un ambiente extraordinario, un oasis en su materia porque te permitían ser creativo y eso no sucede en muchos lados”, recuerda.

Pagar el derecho de piso

La plática se intensifica tanto como la lluvia que comienza a hacerse presente detrás de las grandes ventanas del lugar. El ambiente se enfría y el periodista deportivo comienza a perderse de nuevo en sus recuerdos.

Después de su estancia en Radio UNAM, el entrevistado pasó a las filas del periódico Excélsior, en donde laboró en el área de tecnología. Durante su estancia, González Villalba aprendió el significado de “ganarse el pan”, aunque también pudo asistir a cócteles y eventos importantes. En uno de ellos conocería a Carlos Trápaga Barrientos, director del periódico deportivo Esto y su futuro jefe.

“Él me invitó a escribir sobre deportes, algo de lo que yo siempre quise hablar. Lo que no me esperaba fue que no tuve pase directo para entrar a la redacción. Cuando llegué a presentar mis documentos pensé que la referencia del director era una muy buena, pero no. Estuve dos meses en el área de facturación rascando cuentas, archivos y notas sobre clientes que no pagaban”, relata.

El entrevistado ganaba alrededor de 46 pesos diarios por realizar todas esas tareas, hasta que un día uno de los subdirectores llegó con su jefe. En ese momento, su vida vivió otro giro afortunado.

“Recuerdo que cuchicheaban y todo el mundo los veía. En eso, me mandó a hablar con el dedo índice y me dijo que iría a la redacción de deportes. Había terminado mi sufrimiento, había pagado mi derecho de piso”, explica.

A partir de ese momento, González Villalba reconoce que sucedieron solamente cosas buenas. Su primer viaje como profesional fue a los seis meses y firmó contrato medio año después. Con una sonrisa, menciona que los periodistas de aquella generación “te hacían ver tus errores de una manera muy agria, pero que al final te servía”.

Su vida pronto se llenó de juegos de la selección nacional, partidos de las eliminatorias mundialistas, torneos internacionales de clubes, de la liga mexicana, Juegos Olímpicos, etc. Su trabajo como corresponsal en el extranjero también le permitió vivir, en persona, sucesos como el intento de golpe de Estado en Venezuela contra Hugo Chávez en 2002.

No obstante, llegó un momento en el que el entrevistado quiso cambiar de aires, por lo que en 2005 llegó a Milenio. “Aquí en Milenio fui durante dos años y medio el enviado para cubrir el papel de los clubes mexicanos en la Copa Libertadores. Me la pasé en casi todos los países de Sudamérica”, cuenta.

Todos los días se puede conocer a alguien diferente, por lo que Héctor González no sólo ha limitado su trabajo a jugadores profesionales o atletas reconocidos, sino que también se ha acercado a la gente común, a las diferentes realidades sociales que a final de cuentas también son gajes del oficio.

“No hay nada mejor que trabajar en lo que uno quiere”

Gracias a su trabajo, el entrevistado ha logrado tener una visión más clara del deporte en México, por lo que no duda en criticar el hecho de que nuestro país siga sin explotar su verdadero potencial en este campo.

“México tiene una infraestructura deportiva increíble. Entonces, ¿cómo es posible que no puedan salir 50 pelados de altísimo rendimiento y mantenerse en un estándar excelso? Aquí lo vemos todo a corto plazo, desde el gobierno hasta los deportes. Queremos resultados inmediatos en vez de apostar por los años de maduración de la gente y de los proyectos”, subraya.

Para Héctor González, los deportistas son un gran ejemplo para la sociedad. Por ello, su objetivo como periodista es motivar a aquellas personas que practican cualquier deporte a través de su trabajo y también darle a los atletas el reconocimiento merecido para que sigan haciéndolo bien y cumplan sus metas, algo que el entrevistado no duda en recordar.

“Lo importante es que cumples un sueño, estudias lo que quieres y no hay nada mejor en esta vida que trabajar en lo que uno quiere y haber estudiado lo que quisiste y no lo que las circunstancias te arrojaron casi por desecho”, concluye con un discreto suspiro.

La lluvia del exterior persiste hasta el último momento y el reloj indica que el entrevistado debe irse ya. A pesar de los años que lleva transmitiendo a las personas su legítimo amor por los deportes, la chispa que sentía cuando participaba en las competencias de atletismo en Puebla o en los duros entrenamientos de futbol en Ciudad Universitaria, siguen presentes en su mirada. Así, cada noche en la televisión no sólo aparece un periodista que habla de lo que le gusta, sino alguien que lo respira, lo vive, lo es.

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miércoles, 15 de febrero de 2017

EN EL COSMOS DE JULIETA FIERRO

Por Luis Alfonso Tovar Franco
Ciudad de México (Aunam). Con una sonrisa de oreja a oreja, Julieta Fierro abre las puertas de su hogar. Me recibe en su departamento, el 504, para charlar sobre temas que van más allá de las estrellas y el universo; no se escucha un solo ruido en el aire, la tranquilidad reina entre los edificios color salmón.


El añil predomina en la habitación principal: en la alfombra, los cojines, las lámparas, encima de todas las mesitas de la sala, en los adornos y las cajas de cerámica que guardan chocolates para sus invitados; incluso lo lleva en su blusa, el suéter y el pantalón. El azul parece ser uno de sus colores favoritos, después de todo su objeto de estudio y mayor pasión es el firmamento.

Tomo asiento mientras se alista para comenzar la entrevista. Se acomoda enfrente de mí, en lo que parece ser una antigua mecedora de madera. Detrás de ella se encuentra un gran ventanal que deja entrar la luz del sol.

Se nota un poco nerviosa, pero calmada a la vez, una combinación muy rara, como si quisiera que el diálogo comenzara, pero al mismo tiempo que terminara al instante. Finalmente, la gran astrónoma mexicana Julieta Fierro se encuentra preparada para iniciar con la conversación.

Cuando la fama y la familia no se llevan

La relación de Julieta Fierro con su familia ha sido, por así decirlo, particular. Su madre falleció cuando ella apenas tenía 13 años y su padre tenía la idea de que las mujeres debían dedicarse al hogar. Basta decir que la astrónoma no siguió ese camino, decisión que marcó su relación con su hermana mayor.

“De mis hermanos, mi hermana mayor siempre tuvo mucho resentimiento, porque ella era la lista y la bonita y la que hizo todo lo que había que hacer en la vida; en cambio yo siempre he hecho lo que se me ha dado la gana. Para ella fue muy doloroso ver como yo triunfaba”, explica.

La relación con el resto de sus hermanos tampoco ha sido fácil.

“Yo creo que mis hermanos tienen sentimientos encontrados, de gusto, pero también de celos, porque en realidad la tonta de la familia soy yo. No ha sido fácil para la familia cercana”, detalla.

Ese complicado vínculo entre el prestigio de su trabajo y sus hermanos terminó por verse reflejado en la forma en la que sus hijos han elegido abordar la fama de la doctora.

“Mis hijos, Agustín, y Luis, creo que hubo diferentes épocas, pero ahorita ellos prefieren que nuestra relación sea al margen de la fama”, –se queda callada por un instante y el silencio inunda la habitación–, “no debe de ser fácil”, afirma con cierta tristeza en el tono de su voz.

Su carrera llena de logros y éxitos había sido un tema que la divulgadora de la ciencia solía compartir de inmediato con sus seres cercanos, pero que en años recientes ha preferido mantenerlo para sí misma.

“Antes le avisaba a la familia cada vez que me daban un premio, pero ahora ya no porque ellos sentían que sólo hablaban de mi, y yo pensé que les daba gusto, pero ya en los últimos años nunca tocamos ese tema”, comenta alegremente mientras las comisuras de su boca se elevan hacia sus ojos.

Entre 2003 y 2004, la doctora recibió la Medalla al Mérito Ciudadano de la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, el premio a Mujeres Sabias de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística así como la Medalla Benito Juárez y la Presea Mont Blanc.

“¿Qué curioso es verdad?, Yo creo que es difícil aceptar el éxito de otro, sobre todo cuando el otro no es como uno esperaría. Yo no tengo una casa lujosa, soy más bien una gente, soy una persona honesta. No sé, se vuelve uno una persona sola”, suelta una risa nerviosa al momento de pronunciar esa última frase.

A pesar de los temas tan íntimos que comparte, la doctora Fierro no deja de esbozar una sonrisa al finalizar cada una de sus respuestas. Las perlas en su boca hacen juego con las de su cuello y su muñeca.

Su lacia y castaña cabellera cae sobre sus hombros y oculta sus orejas. Las paredes y los sillones blancos en la sala se asemejan a las nubes y funcionan en armonía con las tonalidades celestes y hacen recordar el cielo, lugar en el que la mayoría de sus investigaciones se han centrado.

La pálida, pero vivaz mujer de 68 años toma una pequeña pausa antes de continuar con la entrevista, respira un poco y vuelve a acomodarse en su asiento.

Física, astronomía y tarántulas

La inquietud de Julieta Fierro por la ciencia se manifestó desde el colegio francés donde estudió la primaria, época en la que la hoy profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM ya se destacaba en cálculo –“siempre sacaba cero en francés, pero 10 en matemáticas”–. Sin embargo, fue después de la muerte de su madre cuando la física se cruzó en su camino.

“La cosa es que mi mamá murió cuando yo tenía 13 años y mi hermana, la grande, me dijo ‘tú eres tontita, ¿mejor por qué no estudias física?’ porque en esa época había una cosa llamada técnico en física y podíamos ser maestros de física. Como queríamos escapar de la casa, me metí a física, a los 15 años”, exclama con asombro y en su frente se marcan las líneas de la experiencia.

“¡Pero no me gustaba la física! Recuerdo que había un anuncio que decía carrera de astrónomo y entonces dije ‘eso ha de estar padre’, ni siquiera se me había ocurrido que podía existir eso, y era un error, no había la carrera, pero había materias optativas de astronomía”, recuerda.

La doctora comenta que en esa época tuvo a dos maestros fantásticos: Manuel Peimbert, con el que trabaja hasta la fecha, y Eduardo Schmitter, de quién recuerda lo peculiar de sus clases.

“Éramos muy poquitos alumnos en esa materia, sólo la llevábamos tres personas, y aparte era en la noche en la oficina de Schmitter. ¡Tenía tarántulas vivas sueltas! Estábamos tomando la clase y veíamos a las tarántulas pasar por el techo”, comenta entre risas.

Al final, la tenacidad de la doctora Fierro se hizo presente, pues ella fue la única alumna que no abandonó la clase, característica que sigue presente en su trabajo de hoy en día.

Las revoluciones en la vida de Julieta Fierro

La astrónoma Fierro empezaba la segunda década de su vida cuando el movimiento estudiantil de 1968 llegó. Desde su punto de vista, cuando se dan revoluciones de ese tipo, la gente piensa que se trata de defender sus ideales, “cada quién cree que es su batalla. Obviamente, yo pensé que era mi lucha, mi derecho de irme de mi casa y trabajar”.

Como parte de ese ideal, durante esa época la profesora Fierro trabajó como intérprete simultánea, gracias a su dominio del inglés y francés, legado de su ascendencia norteamericana (por parte de su madre) y su paso por el colegio francés.

El hecho de estudiar y trabajar al mismo tiempo formaba parte también de otro tipo de movimiento latente durante esos años, uno que terminaría por tener un efecto colateral no tan benéfico para una gran parte de la población de nuestro país.


“Hubo también un movimiento feminista en esa época, un movimiento de la liberación de la mujer, el cual fue un error en el siguiente sentido: nosotras quisimos demostrar que éramos tan buenas como lo eran los hombres, pero lo que sucedió es que como más mujeres querían trabajar, bajaron los salarios, y ahora tienen que trabajar el hombre y la mujer”, aclara.

Esta situación debe vivir un cambio nuevo, desde el punto de vista de la doctora, pues una distribución pertinente de salarios más justos generará más bienestar para un mayor número de personas.

Sobre los movimientos sociales que se suscitan con más fuerza hoy en día, la profesora opina que el camino por recorrer.

“Creo que todavía hay mucho que hacer pues todavía existe cierto prejuicio, muchas violaciones hacia las mujeres, mucho maltrato familiar; todos esos problemas son algo por lo que hay que lucha”, apunta.

Pero la astrónoma Fierro mantiene una causa particular dentro de su agenda personal de pendientes: la pelea por el derecho a una muerte digna.

“Como ya soy mayor, mi lucha personal es por una muerte digna. Que nosotros, los viejitos, en lugar de estar abandonados, descuidados y sufriendo podamos decidir cuándo nos queremos morir, podamos dejar nuestros papeles en orden y despedirnos de nuestros seres queridos y digamos ‘hasta aquí’, y nos podamos morir en paz, sin dar molestia”, comenta con suavidad.

Poco a poco, las paredes se tornan grises, el sol comienza a descender y la silueta de la doctora empieza a ser difícil de distinguir. Lentamente, las luces de la sala comienzan a hacer su trabajo. Parece que se encienden por sí solas, pero en realidad es el crepúsculo, que llega e invade cada rincón del departamento.

El helio del origen del universo, su mayor descubrimiento

La doctora Julieta Norma Fierro Gossman es investigadora titular de tiempo completo del Instituto de Astronomía de la UNAM y profesora de la Facultad de Ciencias de la misma institución por más de 40 años.

El área de trabajo de la astrónoma ha sido la materia interestelar y sus trabajos más recientes se refirieron al Sistema Solar. Fue presidenta de la Comisión 46, dedicada a la Enseñanza de la Astronomía, en la Unión Astronómica Internacional y presidenta de la Academia Mexicana de Profesores de Ciencias Naturales.

Durante tan larga trayectoria, existe un logro dentro del campo de la física que la doctora no duda en subrayar. Mientras relata este éxito, sus delgadas manos ilustran y narran una historia que parece salida de un libro de ciencia ficción.

“Existen galaxias que son conglomerados de cien mil millones de estrellas y las estrellas fabrican los nuevos elementos químicos. En la parte de adentro de las sistemas se encuentran más estrellas que en la orilla, entonces en los núcleos de las galaxias va a haber más oxígeno, y entre más te vayas a la orilla habrá menos hasta que ya no haya porque no hay estrellas que lo produzcan”, describe.

“Tú mides tanto la cantidad de oxígeno como de helio. Entonces, cuando la cantidad de oxígeno llega a cero, la cantidad de helio restante es el helio con el que se hizo el universo, ese helio que se hizo durante los primeros cuatro minutos después de la gran explosión. Yo he medido con cuánto helio se formó la galaxia”, afirma orgullosa mientras dibuja figuras en el aire simulando todo el proceso.

“Nunca me han querido decir porque me premian tanto”

El trabajo y la dedicación de la doctora Julieta Fierro, a lo largo de su trayectoria, se reflejan en la cantidad de premios que ha recibido. Sin embargo, ella misma confiesa desconocer el porqué estos reconocimientos. Esa causa aún la sigue eludiendo.

“Siempre me siento muy sorprendida, y he preguntado por qué me premian, sobre todo en los premios internacionales, porque a mí me gustaría saber el porqué, qué hace una para que la reconozcan tanto, pero nunca me han querido decir. Como por ejemplo, con este premio tan importante en París me dijeron ‘no pues es que ha hecho tanto’ y ya”, detalla como si le estuvieran entregando un premio.

“Sí sería padre saber exactamente qué están premiando, para irte por ahí, por esa línea de trabajo y seguir trabajando ahí, escribir más sobre eso, pero nunca me han dicho, sí me gustaría saber”, explica.

Dentro de sus suposiciones, la astrónoma cree que las razones detrás de dichos galardones son su amplío currículum y el hecho de ser mujer. Aún sin tener el claro el porqué, Fierro ha aprendido a disfrutar cuando un nuevo premio llega a casa.

“¡Es padrísimo y muy emocionante! Tengo un colega, muy inteligente y muy famoso, que siempre me decía ‘¡Ay mira acéptalos! ¡No hay ningún premio malo! El que sea, acéptalo y disfrútalo’ me decía”, comenta con una sonrisa en su rostro.

A pesar de no saber las razones exactas por la que ha sido galardonada, la doctora ha recibido, a lo largo de su carrera, más de 15 premios y reconocimientos a nivel mundial. Entre ellos destacan: el premio Kalinga de la UNESCO en París en 1995, la Medalla de Oro Primo Rovis del Centro de Astrofísica Teórica de Trieste en 1996, y el Premio Klumpke-Roberts de la Sociedad Astronómica del Pacífico en los EUA.

Dentro de los premios nacionales, en 2004 fue reconocida con la medalla Benito Juárez como Mujer del año, en 2007 recibió la Medalla de Oro de la Universidad Latinoamericana en Puebla, en 2009 llegaron el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la UNAM, y un Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Morelia. Durante 2010 recibió la presea Sebastián y un homenaje del Liceo Franco Mexicano. En 2011 fue acreedora de las medallas Sociedad Astronómica de México y Vasco de Quiroga.

Han pasado cerca de 60 minutos y la conversación no se detiene. La noche ha caído al igual que la temperatura. Sin embargo, las luces de las lámparas abrigan la habitación y por fin permiten observar con lujo de detalle las facciones de la doctora. Las arrugas que reflejan sabiduría se contemplan con mayor definición.

Sofía Luna: Agente Especial

Un logro más dentro de la extensa carrera de la reconocida astrónoma fue el haber participado en un programa de televisión para Canal Once, Sofía Luna: Agente Especial, una experiencia que la doctora Fierro disfrutó al máximo.

“Fue una experiencia fantástica. Hace como dos años, la directora del Canal Once me dijo ‘oye haz un programa así, como el del mundo de Beakman’ y yo le dije que ya estaba muy vieja, que ya no tenía la energía y se necesitaba un staff enorme, pero ella me puso el staff”, aclara.

El puesto que ocupó la profesora Fierro dentro de este proyecto infantil fue el de asesora científica para las historias. “Yo sólo chequé que la ciencia estuviera bien, así que no fue un trabajo tremendo porque no tuve que escribir guiones, proponer ideas e inventar personajes”.

La experiencia de trabajar en televisión resultó gratificante y le permitió conocer, de primera mano, cómo es ahora la vida tras bambalinas.

“Tenía dos vestuaristas que me planchaban y me ponían la ropa, me maquillaban, y luego llegaba el productor y me decía exactamente todo lo que tenía que decir. Antes de cada sesión, venía y me decía cómo quería que lo hiciera. Aparte me ponían un telepromter para leer. Lo que más trabajo me costó fue la cantada. Yo estaba así de ‘¡Olvídenlo! ¡Puedo bailar si quieren, pero no cantar!’, pero me insistieron mucho así que tuve que hacerlo”, recuerda.

Entre anécdotas y risas, la astrofísica comparte sus ganas de querer hacer un programa parecido a Sofía Luna: Agente Especial, pero con una ingeniera como protagonista. Posteriormente, relata su experiencia en general dentro de los medios de comunicación.

“Empecé a hacer televisión hace tantos años –más de 1500 programas hasta la fecha–, pero cuando era niña nunca me imaginé estar ahí”, menciona mientras sonríe al ver la expresión en mi rostro al escuchar esa cifra, “y he participado en 1700 programas de radio o algo así”.

El tiempo sigue transcurriendo y las ramas de los árboles en la ventana que cuida la espalda de la doctora Fierro ya no se ven más. Se ocultan en la obscuridad de la noche, señal de que la entrevista se acerca a su fin.

“Una persona muy afortunada”

En la lista de pendientes de Julieta Fierro aún quedan asuntos sin tachar. Uno de ellos es el de convivir más con sus dos nietos, aunque esto actualmente es difícil pues ambos viven en Estados Unidos. Otro pendiente es la jubilación.

“Estoy esperando a jubilarme. Cuando lo haga, quiero tomar un buen curso de cómo hacer comunicación con los métodos modernos y el internet, porque mis otros hobbies no los terminé. Una vez dije ‘voy a hacer jardinería’, entonces empecé a arreglar los jardines del hall y el condominio, pero me fastidié. Luego pensé ‘voy a aprender a tocar el piano’, me metí a clases y pues fue una nulidad total”, ríe al aceptar que sus hobbies anteriores no resultaron del todo exitosos.

Finalmente, la profesora Julieta Fierro hace un balance de cómo ve tanto su presente como su futuro.

“Pues soy una persona enferma, tengo dos enfermedades difíciles: una se llama maniaco depresión y otra es el síndrome de ansiedad generalizada, dos enfermedades neurológicas, y esa persona, Julieta, no puede tomar medicamentos porque le dan alergia, y si los toma, se acelera demasiado, entonces tiene que estar siempre muy controlada”.

“La veo como una mujer que ya debería de jubilarse. El otro día un taxista le gritó ‘¡Usted ya váyase a un asilo!’, y Julieta pensó ‘pues sí, tienes razón’, pero Julieta tiene que esperar unos años, porque para poderse jubilar debe de cumplir 70 años, y todavía le falta un rato”, relata.

“Pero creo que, a pesar de tener estas enfermedades, Julieta ha buscado ayuda, y trata de ser una buena persona, y que toda la gente que esté a su alrededor esté bien, que sus amigos estén bien, que su familia esté bien, porque ella sabe que es muy afortunada y que la vida le ha dado muchísimo más que a casi cualquier persona de la humanidad”, baja la voz mientras esboza una pequeña sonrisa.

Al concluir, le agradezco por haberme recibido en su casa. “Gracias a ti, y llévate unos chocolates para que recuerdes ¡que la ciencia es dulce!”, expresa alegremente y me acompaña a la salida de su departamento.

Numerosas plantas cuelgan por toda su casa. Los cuadros con fotografías de sus hijos y familiares, al igual que las pinturas que ha adquirido en diferentes estados del país, adornan las grisáceas paredes. Los libros en el estante de su oficina enriquecen la imagen intelectual de la doctora.

El departamento 504 finalmente cierra sus puertas, no sin antes haber compartido los secretos de la doctora, mujer y estrella, la profesora Julieta Norma Fierro Grossman.

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martes, 14 de febrero de 2017

EL ESCÁNDALO Y LAS NOTICIAS FALSAS, PROBLEMAS DEL PERIODISMO ACTUAL

Por Diego Caso
Ciudad de México (Aunam). Periodistas y académicos analizaron el impacto de las “noticias falsas” en los medios de comunicación, particularmente en la elección presidencial en Estados Unidos, durante la conferencia La comunicación políticamente incorrecta: ¿Llegó para quedarse?, organizada por estudiantes y profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.



En el auditorio Pablo González Casanova, Carlos Castañeda, consultor político de Zimat Consultores, hizo énfasis en la forma actual en la que se consumen y distribuyen las noticias, hecho que ha sido aprovechado por la comunicación políticamente incorrecta para su beneficio.

“Ahora, el nivel de la información está mediado por la pantalla por lo que le creemos más a la imagen que al texto. Si ustedes ven una fotografía en Facebook van a creer que es verdadera. Basta la pura imagen para tomar una decisión”, apuntó.

Durante su ponencia, Castañeda también señaló la manera en la que se observan las noticias hoy en día como uno de los problemas del periodismo, pues “lo que el público percibe es lo que es. La comunicación no trabaja con la realidad, sino con percepciones”.

Al respecto de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, el consultor político no dudó en señalar como el escándalo se convirtió en una herramienta que el entonces candidato republicano supo manejar a su favor.

“El escándalo se trata de dañar la credibilidad de alguien, y de eso se trata la comunicación en nuestra época. Ya no se trata de una batalla ideológica, sino de una batalla por la confianza del público”, mencionó.

En este sentido Susana Sáenz, conductora de El Financiero Bloomberg y que cubrió la campaña de Hillary Clinton para dicho medio, coincidió con Castañeda y agregó que el resultado de la elección presidencial en la nación norteamericana muestra un cambio en los gustos de la audiencia.

“Yo sí creo que el morbo, de cierta manera, hizo ganar a Trump porque le generó mucha publicidad. También se debe analizar el hecho de que las encuestas se equivocaron y que la comunicación políticamente correcta ya no atrae a la gente, el público está cansado de ver lo mismo”, complementó.

Como reflejo de este cambio Ricardo López, colaborador de Grupo Radio Fórmula, resaltó que las noticias falsas han ido ganando terreno en el periodismo, así como el empleo poco ético que ciertos medios le han dado.

“Eso es lo importante con las noticias falsas, son historias presentadas con la intención de engañar al público. En la época de la preverdad, este tipo de notas perdía credibilidad, pero ahora no importa si la historia es cierta o no: sólo importa cómo se siente el público al respecto”, explicó.

Del mismo modo, López señaló el peligroso papel de las redes sociales en la desinformación de las personas debido a factores como la preferencia a cierto tipo de textos o el algoritmo utilizado por Facebook para determinar qué noticias pueden ser interesantes para un usuario en específico.

“Nosotros podemos crear nuestra propia burbuja y validar lo que creemos porque sólo estamos leyendo y consumiendo información que está de acuerdo con nosotros”, subrayó.

Por su parte Alberto Aguirre, del periódico El Economista, destacó lo preocupante que es el número de noticias falsas que se dan por verdaderas pues fomentan el amarillismo en la labor informativa de los medios.

“El amarillismo es sinónimo de chisme, de coberturas dudosas o sesgadas, por lo que el éxito de este tipo de publicaciones es un doloroso recordatorio de que la popularidad y la credibilidad no necesariamente van de la mano, en especial dentro de la era del internet”, expresó.

Para el columnista, la audiencia de los medios de comunicación –“los que están al otro lado de la pantalla, del micrófono o del periódico”– deben participar más en la tarea de discernir entre las noticias falsas y el periodismo real.

En la ponencia final del evento Hugo Garciamarín, catedrático de la FCPyS, argumentó que la popularidad de la comunicación políticamente incorrecta constituye parte de un rechazo que crece cada vez más hacia la globalización y el neoliberalismo.

“Lo políticamente incorrecto aparece como una necesidad de desplazar a las élites. Esto puede ocurrir debido a que lo correcto está asociado con la desigualdad; si lo tradicionalmente correcto se caracteriza por la corrupción, las políticas precarizadoras y la poca representación, entonces lo irreverente pasa a ser una forma de rebelarse contra lo injusto”, apuntó.

Desde su perspectiva, Garciamarín encuadró el origen del fenómeno de Donald Trump dentro de este cambio social que ya se ha manifestado en otros hechos a lo largo del año pasado, como por ejemplo con la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea.

“Existen políticas que, en nombre de lo correcto, han violentado ciertas particularidades. Ante esto, la respuesta parece ser igual de violenta, brutal. Donald Trump es lo que sucede cuando creemos que las ideologías no existen”, finalizó.


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