jueves, 19 de mayo de 2016

INICIA SEXTA EDICIÓN DEL FESTIVAL MARVIN

Por Montserrat Antúnez Estrada
Ciudad de México (Aunam). La sexta edición del Festival Marvin impulsará, del 19 al 21 de mayo, el talento mexicano de músicos provenientes de más de 18 entidades. Manu Charriton, encargado de la organización, recalcó la importancia de las presentaciones por realizarse en diversos foros del circuito Condesa/Roma este 21 de mayo: “La intención es que los asistentes descubran todo el talento y el gran nivel que ahora tiene la música en nuestro país”.


En el Festival se podrá escuchar a más de 70 agrupaciones musicales, 30 de ellas internacionales. Conciertos, stand up comedy y cine buscan que “el arte crezca y siga trascendiendo”, comentó Cecilia Velasco, directora de la revista Marvin, en la conferencia inaugural del evento llevada a cabo en la Universidad de la Comunicación.

Los días 19 y 20 de mayo se realizarán ciclos de conferencias en dicha institución, para promover el conocimiento sobre cómo se hace, se entiende y se produce un festival musical. “La alianza de este tipo de eventos con las escuelas es importante para que el público reconozca el trabajo de los artistas y toda la parte intelectual que hay detrás de él”, puntualizó Salvador Corrales, director de la entidad educativa.

El Festival también contará con el apoyo de SAE Institute, en donde el día 20 de mayo se impartirán talleres prácticos sobre producción musical. Pese a que el cupo de estos es limitado, podrán seguirse vía streaming a través de las redes sociales del Festival Marvin. Manu Charriton recalcó la importancia de contar con una parte práctica “en donde tú como asistente al festival puedas, no sólo ir como espectador, sino participar e integrarte desde muchos puntos de vista”.

Como parte de las actividades promovidas por el Festival Marvin para “enriquecer la ciudad a través de la cultura y de las artes”, de acuerdo con Cecilia Velasco, el Cut Out Fest, Festival Internacional de Animación y Arte Digital, proyectará una serie de cortometrajes en honor al músico David Bowie.

El 21 de mayo, el Festival contará con eventos artísticos de entrada libre en lugares como el Parque España, mientras que cotos requerirán la compra de un boleto según los diversos foros del circuito en donde se presentarán los músicos.





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miércoles, 18 de mayo de 2016

LO QUE SOY LO SOY POR ACCIDENTE: LORENZO MEYER

Por Itzel Yolotzin Jarero Otero Sonia
México (Aunam). Llega acompañado de dos hombres mucho más bajitos que él; al entrar en la habitación su alta figura destaca de entre los presentes con facilidad. Va riendo con sus acompañantes mientras observa la primera página del periódico de hoy. Vestido con un traje azul marino muy bien planchado, un chaleco de algodón café y zapatos negros brillantes, el profesor Lorenzo Meyer busca una mesa vacía en la habitación.


Mide cerca del metro noventa de altura, es un hombre fornido cuyo cabello corto y blanco, delata el paso de los años; trae consigo un par de anteojos que no logran ocultar las arrugas en las comisuras de sus ojos claros y una sonrisa juguetona acompañada de una ligera barba blanquecina.

Si es que uno tiene sueños, el de Meyer nunca fue convertirse en estudioso de la Historia y la Ciencia Política. Con voz amable confiesa “el día que terminé mi preparatoria, la única persona de mi familia que sí había ido a la universidad, me habló de El Colegio de México; que se abría una licenciatura y que habría becas. Fue entonces que hice mi solicitud ahí. Y esa, no era mi intención. Fue un accidente”.

Ingresó a El Colegio de México a los 18 años a la licenciatura y posteriormente el doctorado en Relaciones Internacionales. Sin embargo, su admisión no fue fácil; pues fue rechazado por no saber inglés. “La mitad de los que solicitaron tampoco sabían, así que tuve que entrarle al inglés en el Instituto Mexicano Americano de Relaciones Culturales y las sesiones eran de tres horas diarias”, cuenta.

Pero una vez dentro, las cosas no se volvieron fáciles. “Ahí en El Colegio, la apuesta conmigo era para perder”, dice con voz suave a la par que entrelaza sus dedos al centro de la mesa. Con una gran cantidad de profesores extranjeros: tanto de EE, UU, de Europa, Asia y África, haberla cursado en tan solo tres años, y haber sobrevivido a eso demuestra que sus apuestas no se cumplieron; pues desde el 2008 es profesor emérito de dicha institución.

Nació en la capital el 24 de Febrero de 1942. Es historiador y analista político del México contemporáneo, y escritor de obras sobre la revolución mexicana y la historia de las relaciones exteriores de México. Ha dedicado gran parte de su vida a la investigación y a la reflexión de las formas autoritarias del poder y los procesos de democratización de los siglos XX y XXI.

Es un hombre brillante, querido y criticado por los medios y el gobierno. Su reputación se ha valido de la forma descarnada y nada sutil que posee para describir la situación que acongoja al país. Es experiencia y compromiso. Es un ideólogo de la Revolución Mexicana; un nacionalista con gran esencia moral que escribe lo que pocos se atreven, lo que muchos quisieran y lo que nuestro país necesita saber.

Actualmente es columnista semanal del periódico Reforma, participante en la mesa de debate del programa de Canal Once Primer Plano y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras.

Posa su maletín negro en la mesa junto con el periódico de hoy “estamos peor que Dinamarca” dice con una sonrisa que muestra una perfecta dentadura, y se ajusta los anteojos mientras se sienta. La habitación es grande, con varias mesas cuadradas y pequeñas en todo el centro, a los costados hay sillones bajitos y cafés además de un garrafón de agua y dos macetas en cada extremo del aula.

El interés por la historia lo tuvo desde niño.

Para él, leer es una gran aventura intelectual, es poder entender a personas, circunstancias, tragedias, hechos y éxitos del pasado Es la libertad de imaginar, de elegir a cuál pasado ir. A partir de una mezcla de datos que proporcionan los documentos o autores y un poco de imaginación, “es posible recrear el pasado y tener esa empatía con los personajes, con los grandes individuos, grupos y naciones. Con el mundo entero”, cuenta animadamente mientras juega con la correa de su maletín.

Si bien su licenciatura no estaba ligada directamente con la historia, una vez aceptado, se encaminó a las ciencias sociales; pero el que en ese momento era el director de El Colegio de México diseñó los cursos con una alta dosis de historia mundial. Fue así, que comenzó su incursión profesional en el estudio de la historia, “no como historiador, sino como politólogo especializado en relaciones internacionales” cuenta.

Si hay que hablar de qué fue lo que hizo que Lorenzo Meyer se apasionara aún más por el estudio de las ciencias sociales, hay que mencionar su pequeña aventura familiar al campo. Cuando todavía era niño, vivía en una familia ampliada, con tíos, tías, primos, primas y abuelos; y decidieron hacer de una granja no lejos de la capital, en Tlalnepantla, Estado de México, el centro de la vida familiar.

San Lucas Tepetlacalco era un pueblito, que actualmente ya es parte de la mancha urbana, pero que sin duda alguna influyó en su visión del mundo, sobre todo de lo social. Vivía en colonias de clase media (Santa María la Rivera, Colonia Estrella), pero estando en ese nuevo lugar, su vida urbana dio un salto enorme. “Me hizo ver la dureza de la vida en el campo, de los peones, de la diferencia de clases, de la enorme distancia social entre yo, que a pesar de todo iba a una escuela particular en Tlalnepantla, y las otras gentes de mi entorno y de mi edad. No estaba con gente de mi misma edad y mi mismo nivel de vida; sino más bajo. Eso me dejó marca” dice.

El problema con los historiadores políticos, es que todas las culturas y sociedades los apasionan. En todas encuentran peculiaridades y regularidades, lo que siempre aparece en ellas: la lucha por el poder y el ejercicio del mismo; y aunque puede parecer muy distinto en una sociedad pobre y una potencia, en el fondo no lo son tanto. Siempre ven las cosas que no están bien hechas, están insatisfechos, y se sienten motivados por la crítica.

“Me apasiona lo que hago, y me entristece porque siempre veo lo que pudo ser y no fue. Estoy consciente de las oportunidades perdidas, de los esfuerzos desperdiciados, de los sacrificios inútiles, de la corrupción, de los abusos y de la inmoralidad”.

Meyer consideró desde el principio que El Colegio de México era un mundo muy cerrado y extraño. Para él siempre fue indispensable tener esa pasión por conocer el mundo de la política y todo lo que le rodea, lo social y económico. “Sin eso no se podía y estoy seguro que no se puede hacer carrera; pues si es nada más se estudia por compromiso, porque no queda de otra, pues simplemente no” asegura.

Sea a consecuencia de la pasión que siente por el estudio de lo social y de su necesidad por entender al hombre, es que puede decirse que Lorenzo Meyer no tiene pasatiempos “mi trabajo es mi pasatiempo, si es que se le puede llamar así” dice y pasa sus dedos entre la poca barba que rodea su boca y piensa.

“El único pasatiempo que tengo hasta cierto punto está dentro de mi esfera laboral, es leer. Por ejemplo, leer novela; pero qué quiere que le diga, ésta también me conduce a los mismos temas sociales, políticos”.

Le gustan no precisamente las novelas de dramas muy personales. Más que nada, aquellas que tengan que ver con el entorno social en el que se desarrolla la historia. Carlos Fuentes y Juan Rulfo, por ejemplo, están en su top 3 de autores favoritos. “Pedro paramo es una fantástica novela, pero sigue teniendo un contexto político detrás, es el México de la revolución, de los cristeros. Es ese tipo de novelas las que realmente me entretienen, y lo que quiera o no, se me hace inevitable ver elementos de la sociedad sueca, políticos, sociales y culturales en ellas”, cuenta.

Fueron sobre todo las necesidades las que lo llevaron a destacar en la historia política mexicana. “Era lo más accesible para mí, pero me hubiera gustado mucho meterme más en teoría política” confiesa amargamente.

A diferencia de sus colegas académicos, desde hace poco más de 20 años, el Doctor Meyer dio un salto de gran impacto a los medios, y como él lo describe, fue “resultado de un problema personal”: alguien en alguna ocasión le sugirió escribir para el noticiero radio educación en el 1060.

Le propusieron escribir únicamente dos cuartillas sobre lo que él quisiera y un profesional lo leería al aire. Sin embargo, Meyer no aceptó, pues estaba consciente de que la manera de escribir y presentar un problema a un público que es abogado, dentista, taxista, ama de casa o secretaria, es muy distinto a la manera en que se escribe para comunicarse en el medio académico. Comunicarse con colegas y maestros para él era la única experiencia que se puede tener en un mundo tan pequeño, en el que el tipo de lenguaje y la forma de expresión es a veces absurdamente compleja y sofisticada, pues entre más compleja sea la manera de presentar el problema, es mejor. “Y en los medios no es así, porque si no se les entiende, es un fracaso”, dice tajante.

Pero bien dicen que la tercera es la vencida, porque bastó con que le insistieran al especialista en política, para que la tercera vez, dijera que sí.

Y como una especia de salvaguarda esta persona le dijo que no había por qué preocuparse, afirmaba que se trataba de un programa que se oía muy poco y no tenía mucho público e impacto. Nadie se daría cuenta si había alguna equivocación.

Sin embargo, cuando Manuel Barltett estaba enfrente de la Secretaría de Gobernación, por conflictos políticos cerraron el programa. Pero una vez más no tuvo que pasar mucho tiempo para que otra persona le propusiera escribir para un periódico.

“Fue cuando ocurrió lo del fraude electoral y necesitaban a alguien que pareciera que le daba al periódico (Excélsior) pluralidad, aunque estaba básicamente dedicado al apoyo del gobierno y de Salinas, querían a alguien que lo criticara y ese era yo, entonces me pusieron en primera plana y de ahí arrancó realmente esta parte de estar en los medios. Yo estaba muy interesado porque era una manera de salir de mi círculo tan pequeño y también era la posibilidad de compartir mi crítica e insatisfacción con la política mexicana con alguien más, no sólo con mis alumnos y colegas, porque ese es un círculo muy chiquito”.

Meyer encuentra en escribir críticas un tipo de terapia, porque resultó ser como alguna vez le dijo su esposa “que bueno que estás escribiendo con ellos porque aunque pagan 50 pesos, así no tienes que pagar un psiquiatra, nos estamos ahorrando un montón de dinero”.

Para él la escritura hacía que salieran a flote sus disgustos con el país, con lo poco alentadora que resultaba la situación cuando el PRI era el partido de estado y no había otros caminos, después del 68, de la guerra sucia, había una enorme insatisfacción en politólogo hacia el sistema represivo, corrupto y autoritario; fue así que los medios le otorgaron dicha posibilidad porque a diferencia de ahora, no había una censura tan fuerte, el periódico no era un medio que llegara a las masas entonces se podían dar el lujo de poner a gente crítica al frente porque se sabía que no tendría un gran impacto.

Para él, las puerta se abrieron solas: Canal Once, Carmen Aristegui, así como peticiones por parte de universidades públicas y privada en México, Estados Unidos, España, Inglaterra y otras partes de Europa. Su éxito en el mundo editorial con sus obras Liberalismo Autoritario: las contradicciones del sistema político mexicano; Fin de Régimen y Democracia Incipiente: México hacia el siglo XX; El Estado en busca del ciudadano: un ensayo sobre el proceso político mexicano contemporáneo; el espejismo democrático; De la euforia del cambia a la continuidad; y Las Raices del Nacionalismo Petrolero en México; sus cursos se han centrado en cuatro grandes temas: historia del pensamiento político; historia política de México, desde la Independencia hasta nuestros días; historia de la política exterior de México e historia de las relaciones México-Estados Unidos.

Su clave está en la crítica de fondo y no en la justificación del poder, su descarnada manera de investigar y opinar desde el punto de vista más objetivamente posible sobre lo que se está viviendo, se vivió o lo que puede llegar a ser el país, la crudeza de sus aportaciones como analista político y la fidelidad ética a sus principios que mantiene en el salón de clases.






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MANÍA, UNO DE LOS POLOS DE LA BIPOLARIDAD

Por Diana Karen Kraules Aedo
México (Aunam). De repente la puerta del consultorio 20 dejó escuchar un gran rechinido que seguido de una voz cálida, interrumpió el ritmo de la plática: —Perdón por la tardanza, parece que ya se conocieron, Diana, él es “Mario”, mi paciente— dijo la “doctora Rojas” mientras aquel hombre de ojos esmeralda exclamaba con una sonrisa nerviosa: —Vengo aquí porque recaí hace poco y en este momento estoy en la fase de manía. Mi cara de asombro no pudo disimularse, sin saberlo ya había conocido al paciente bipolar.


Portando una bata blanca llegué al lugar diez minutos antes de que el reloj marcara las dos. Se trataba de un edificio de tonalidades blancas y azules que se diferenciaba de los demás por las letras en dorado que decían: “Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez”.

Al tiempo en que lo observaba, una llamada entró a mi celular: — ¿Diana?, soy la “doctora Rojas”, todavía voy a charlar un poco con “Noelia”, una chica bulímica. No sé si podrías aguardar un poco, sólo camina y en la primera entrada a mano derecha se encuentra la sala de espera, quédate ahí—, contesté con un sí y seguí las indicaciones de la doctora.

El lugar, cuyas paredes de tablaroca imitaban a los ladrillos, era de aproximadamente 10 por cuatro metros, emanaba el característico olor a hospital, poseía dos ventanas por las que se filtraban los potentes rayos del sol recordando el sofocante calor de aquel día, y guardaba 40 sillas cromadas. Decidí sentarme en una de ellas y esperar a que la consulta comenzara. Todo estaba en silencio y el ambiente emitía tranquilidad, incluso a pesar de encontrarse encendida, la pantalla de televisión de alrededor de 32 pulgadas carecía de sonoridad.

Compartíamos la estancia adornaba con macetas color hueso, tres personas, un hombre de alrededor de 25 años, vestido de negro, quien recargado en la pared no despegaba sus ojos del celular, y otro de aproximadamente 35, estaba sentado y traía una playera color verde menta, jeans y zapatos negros, que no paraba de reflejar su ansiedad al golpear sus dedos contra su portafolio azul marino. Este último parecía observarme mucho, me analizaba de pies a cabeza y a los pocos minutos, se cambió de lugar a lado mío.

—Hola, soy “Mario”, ¿eres pasante de psicología o algo así?, lo digo por la bata y por el hecho de que te ves muy joven, yo soy paciente y hoy vengo a terapia—. Al no saber qué contestarle, sólo emané un sí mientras él hablaba de nuevo. —Yo creo que ya no ha de tardar mi psicóloga, normalmente empezamos a la hora, no sé qué le habrá pasado— exclamó mientras reía briosamente.

Le pregunté a qué clase de consulta venía y antes de que pudiera responderme, la “doctora Rojas” interrumpió la charla contestando mi pregunta. Ella es una mujer de aproximadamente 40 años, tiene el cabello chino y tez blanca, portaba una bata y unos anteojos rojos que empujaba con su dedo índice al tiempo que “Mario” y yo nos acercábamos. —Que chistoso que se hayan conocido afuera y no dentro de la terapia— exclamó la doctora mientras sutilmente cerraba la puerta y dejaba apreciar una leve sonrisa.

Aquella puerta azul marino revelaba un consultorio de aproximadamente ocho por seis metros, tenía dos sillas de metal negras y una de plástico blanco improvisada por mi visita. Había un escritorio de madera adornado por una pila de folders de colores, un jarrón de orquídeas artificiales y una laptop.

La terapia dio inicio: — ¿cómo te has sentido “Mario”?, ¿ya mejor después de la plática en grupo que tuvimos hace casi una semana? — exclamó la doctora al tiempo que nos sentábamos en nuestras respectivas sillas. —Sí, ya desde el miércoles retomé el medicamento, dejé de tomarlo porque consideré que ya no lo necesitaba. Desde chico he tenido bastante energía, en la secundaria fui capitán de cinco equipos de deportes diferentes, y actualmente voy a kun fu los fines de semana—dijo orgulloso mientras levantaba las cejas arrugando su frente.

La doctora lo miraba a los ojos y asentía con la cabeza mientras “Mario”, con tono de júbilo, le relataba sus vivencias, —Lo que ocurre es que nunca tengo sueño y yo sé que eso es un síntoma de la manía, pero neta que es impresionante el no sentir cansancio siendo que me levanto a las 3:00 am para abrir el local familiar de la central de abastos—.

La mujer aprovechó el tema de la familia para preguntarle el comportamiento de la suya tras la recaída. En ese momento, “Mario” tomó una pequeña basura de lápiz que encontró en el escritorio y mientras jugueteaba con ella, exclamó:

—El único que me apoya de manera moral es mi hijo de 13. Mi esposa cree que con darme dinero es suficiente, realmente no hay apoyo moral por su parte, y mi hija de 16 se interesa más por sí misma, si no le afecta lo que me pasa entonces ella está bien. El apoyo debe ser por ambas partes, yo cumplo con los pedidos de mi esposa, todos los gastos de nuestros hijos van por mi cuenta, con lo que llego a vender de verdura en la central, les pago sus libros, copias y celulares— expuso mientras fruncía el ceño.

Aquel hombre de tez morena cruzó los brazos y comenzó a acelerar su respiración. Al notar lo anterior, la doctora le ofreció una galleta, mientras de su bolsillo derecho se escuchaba el crujir de una bolsa metálica, “Mario” aceptó el gesto y mostró una tenue sonrisa. Como si hubiera olvidado que estaba yo ahí y apenas lo recordara, el hombre me dijo: —Ya me estoy tomando la olanzapina y el magnesio, así que no te preocupes jovencita, no te haré daño— refirió riendo nervioso entrecubriendo su boca para ocultar la galleta.

La doctora y yo acompañamos su risa, y “Mario” reveló que su enfermedad era genética: — Yo heredé la bipolaridad de mi padre, él sufría también ataques de manía, pero era más depresivo que yo, nunca le diagnosticaron oficialmente la bipolaridad, pero puedo jurar que la tenía. Él murió a los 54 años de un paro cardiaco— dijo al tiempo en que su mirada se perdía en el piso. Mientras la doctora buscaba recuperarla, expuso: —Eres muy inteligente y sé que vas a volver a salir adelante, ya lo habías logrado ¿recuerdas? —.

Esa pregunta despertó la atención del hombre quien, con una gran sonrisa de oreja a oreja, dio por terminada la sesión al exclamar:— Muchas gracias, de hecho no me considero para nada una persona tonta, tengo una licenciatura en derecho, de la especialidad en penal salí con 9.4, de la maestría con 9 y mi tirada en este momento es el dominio de inglés y el doctorado, mi meta es la cátedra y a diferencia de lo que se pueda pensar — refirió mientras me observaba— creo que la bipolaridad y en especial la parte de manía, proporciona al paciente nuevas oportunidades, maneras de superarse, me gusta más verlo así, como un don— expuso.







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LA PAZ MENTAL: OTRA CARA DE LA BIPOLARIDAD

Por Mónica Natalia Jiménez López
México (Aunam). — Mi hijo tiene bipolaridad, ha intentado por más de tres años ingresar a la universidad y por su diagnóstico no lo aceptan. — Fueron las palabras que Ana Lira me compartió cuando hablamos por teléfono un día antes de conocernos. Ella es facilitadora de la asociación “Voz Pro Salud Mental”. Le pedí que me permitiera asistir a una de las sesiones de apoyo. Accedió en cuanto le conté que quería realizar un reportaje para contribuir a romper los prejuicios sociales sobre este padecimiento.


Al día siguiente, a pesar del tráfico, llegué diez minutos antes de la cinco. Entré al atrio de la iglesia de Santa Mónica donde se llevaría a cabo el curso a dos cuadras de Mundo E. Noté que el espacio era reducido. A la izquierda se encontraba la oficina parroquial y frente a mí estaba la entrada al templo.

Llegó un joven que vestía un pantalón azul marino y una camisa blanca, llevaba puestos unos lentes de sol y traía un portafolio. — ¡Hola! ¿Vienes a la clase? — preguntó. Le dije que sí y le expliqué que quería realizar un reportaje. Él me aclaró que también iba a clase pero no por tener algún diagnóstico, — vengo aquí para conocerme a mí mismo — fueron sus palabras. Se llama Alexis, pero en el grupo es mejor conocido como “Luis”.

Casi al mismo tiempo llegó una dama acompañada de un hombre de gran altura, de cabello blanco y expresión tranquila. Detrás de ellos venía un joven de alrededor de 20 años, robusto, alto y usaba lentes. La mujer se acercó a “Luis” y lo saludó. — Hola, Ana — él le dijo. Ella era la mujer con la que hablé un día anterior. Venía acompañada de Daniel, su esposo, y Juan, su hijo.

Nos presentamos y me invitó a pasar al salón. Éste era blanco, con una gran ventana que iluminaba toda la habitación. Había un pizarrón en el costado derecho y un crucifijo al centro de la pared. Había alrededor de 15 butacas. Poco a poco fueron llegando más estudiantes. Me senté al fondo del salón para tener una mejor perspectiva.

Yo pensaba pasar inadvertida en la sesión, no obstante, Ana me presentó ante el grupo y les platicó el motivo de mi presencia. — No los entrevistará, no se inquieten— les dijo a los asistentes para evitar que se incomodaran. Les agradecí que me permitieran participar y comenzó la sesión.

Ana me dijo que era necesario realizarme una transferencia de energía. Coloqué mi mano derecha en mi frente, la izquierda sobre mi cráneo y cerré los ojos. La facilitadora me pidió que me relajara. No sé si fue por mentalizarme, pero una sensación de ligereza invadió mi cuerpo. Acto seguido, todos meditamos por cinco minutos. De acuerdo con la técnica del psicólogo Francisco Santana Lim, llevamos nuestra energía de un punto del cuerpo a otro gracias al poder de nuestra mente.

Una vez concluida la meditación, se procedió a iniciar la sesión. Cada uno llevaba una carpeta que en la portada decía “¡Tierra a la vista!”, que es el nombre del curso. Ana recordó cuál fue el tema de la clase pasada y les preguntó a algunos de los presentes cómo fue su semana. María, una chica de 30 años cuyo diagnóstico era esquizofrenia, presentó algunos pensamientos obsesivos, pero los logró controlar y llevaba su control en la bitácora.

La facilitadora nos recordó la importancia de realizar las meditaciones y ejercicios, a la par de la ingesta de los medicamentos. — Entre más en paz estemos, estaremos más ligeros. — Le cedió la palabra al doctor Daniel quien se encargó de explicar cada uno de los síntomas de este padecimiento. Les pidió a algunos de los asistentes que le ayudaran a leer.

Galilea, una chica delgada, de 20 años, con el mismo diagnóstico que María, tuvo una duda. Sus manos le temblaban al hablar y su tono de voz era muy bajo. Mientras leíamos, llegó Joel, un señor de 36 años, robusto, de estatura baja, ojos verdes y tez apiñonada que padece trastorno obsesivo compulsivo.

Ana retomó la dirección del grupo. — Como ustedes ya saben, Juan, mi hijo, está diagnosticado con bipolaridad. No ha sido fácil, él sufre periodos de depresión y de manía. Los primeros años me esforzaba al máximo y esperaba que superara el padecimiento. Pero esto no era, ni es posible, uno debe aprender a vivir con el diagnóstico y hacerle frente— dijo al grupo.

Asimismo mencionó que Juan adoraba las películas de Rocky Balboa y que él nos quería compartir un fragmento de un diálogo que le gustaba mucho. El joven se puso de pie y su cara se iluminó al pararse en frente del grupo. Sonrió y comenzó a hablar: — Yo les compartiré la escena en la que Rocky recuerda las palabras de su entrenador.

Comenzó a enunciar pero hablaba demasiado rápido. — Más lento, Juan, recuerda que debes hablar despacio —, le dijo su madre. Éste es uno de los síntomas de la bipolaridad. El joven terminó el diálogo y dijo: — Lo que les quiero transmitir con esto, es que dejen que todo fluya. No se empeñen en luchar solos ya que poco a poco se perderán a ustedes mismos. Luchen apoyados de sus seres queridos— Cuando Juan terminó de hablar todos comenzamos a aplaudir.

— Me gustó más lo que vino de tu ronco pecho que lo que repetiste de la película — le dijo Paty, una señora de 50 años cuyo diagnóstico era esquizofrenia. Ana intervino y nos compartió que cuando su hijo tiene fases difíciles, se encierra en su cuarto y escucha una y otra vez la grabación de la escena que nos compartió minutos atrás. — Esto es lo que le ayuda a salir de la adversidad— nos comentó.

Se continuó con la descripción del tratamiento y Ana comentó en qué región cerebral se originan las emociones. Además mencionó que el secreto es mantener el estado de paz para estar protegido. Hubo un descanso de 10 minutos para comer galletas y tomar café. Eran las 7, ya había oscurecido y se comenzaba a sentir frío. Al regresar formamos dos equipos para compartir nuestras experiencias.

Juan comentó que lo que detonó su padecimiento fue un evento muy doloroso cuando estaba en el segundo semestre de la vocacional, no dio detalles de dicho suceso. Éste lo hizo sentirse muy solo y culpable, así estuvo por año y medio hasta que decidió buscar ayuda. El primer diagnóstico que le dieron fue esquizofrenia, pero los tratamientos no le ayudaban. Tiempo después se dieron cuenta que lo que padecía era bipolaridad. El joven había tenido una crisis de depresión.

Juan nos dijo a todos que lo que él recomienda es hablar con el psiquiatra sobre todos los síntomas que se presenten, hacer ejercicio y no dejar de tomar la medicina por ningún motivo. No obstante, el punto más importante es procurar tener estabilidad emocional. Este curso no tiene como objetivo compadecer o sufrir. Ana mencionó que la misión es hacer que las personas con diagnósticos diversos de trastornos mentales sepan el poder que hay en ellos mismos para controlar sus emociones y no sentirse indefensos ante las circunstancias.

Uno de los primeros pasos para terminar con los prejuicios sociales sobre este tipo de padecimientos es reconocer que las personas que viven con estos no son personas incapacitadas que deban ser excluidas. Con el tratamiento adecuado y la terapia pertinente, se puede lograr un control aceptable de sus emociones y ser miembros activos en la sociedad.

Para finalizar la sesión cantamos Color esperanza. Acomodamos las bancas y me despedí de cada uno de ellos. Observé un dibujo en la carpeta de Antonia y le dije lo hermoso que estaba. Todos lo admiraron y ella dijo: — A veces, cuando me siento mal, me pongo a colorear, eso me relaja y me hace sentir que por fin puedo decir: ¡Tierra a la vista!






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