viernes, 22 de abril de 2016

UN CARIBE CHILANGO

Por Jair Avalos López
México (Aunam). Hubo vallenato, cumbia, salsa, silbatos y timbales. Mujeres de cintura seria y caderas alegres. El Carnaval de Barranquilla, emblema de la fiesta colombiana, se realizó en su edición 2016, a un costado del Monumento a la Revolución, en el Centro de la Ciudad de México.

Para la celebración se instalaron dos carpas blancas y un escenario de mediana magnitud, apenas metro y 10 de alto, cinco de ancho y tres de fondo, el cual fue adornado con mariposas de papel crepé y de papel de china de tonos amarillos, azules y rojos. Los colores de la bandera de Colombia.


La Comunidad colombiana en México realiza año con año, desde su fundación hace 32 años, la fiesta de la carne. Para la presidenta del Patronato Carnestolendo, Dana Hasay Arteaga, “el único objetivo del festejo es que los jóvenes no olviden sus raíces sudamericanas”.

-Hay una reina y un rey ¿Cómo los escogen?
-Pues se postulan dentro de la asociación y se eligen por medio de likes en nuestra fanpage. El único requisito para ocupar ese puesto es que sean personas nacidas en Colombia. Es nuestro Caribe Chilango. – dijo la presidenta.

Dana Hasay se movía de un lugar a otro constantemente. Se cercioró mediante llamadas telefónicas que las autoridades culturales de la delegación Benito Juárez no les cancelaran el servicio de luz eléctrica hasta pasadas las 10 y media de la noche del sábado 27 de febrero.

-Es que si no nos ponemos abusaos nos cortan la energía y adiós carnavalito.

Esa población sudamericana es una de las más influyentes en México. Desde el mandato derechista del presidente Julio César Turbay de 1978 hasta el 82, muchos intelectuales perseguidos huyeron de Colombia. Sin contar cuando Pablo Escobar Gabiria le declaró la guerra al Estado Colombiano, en 1984, y la migración se agudizó.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) habitan cerca de 13 mil 922 colombos en el país dispersos entre la sociedad del águila y la serpiente, para contagiar con su peculiar acento y su forma de hablarle a la gente de usted.

Manjares sudamericanos


El aroma de los platillos colombianos, bolivianos y peruanos que se ofrecieron sedujo por la nariz a los transeúntes. Desde uno de los extremos de la plaza se distinguían las empanadillas de queso, las papas rellenas de carne de res, arroz y queso; plátanos machos amasados y vueltos una pelota rellena de queso, servida con arroz y frijoles.

Atrás de un mostrador, unas negras de piel hipnótica, de un metro 80 de estatura con unos vestidos rojos de motas blancas, sirvieron por cincuenta pesos un viaje alimenticio por las tierras del río de la Magdalena.

El vapor de la comida boliviana llenó la carpa. En una plancha de cocina industrial se asaron bisteces, T-Bones, chuletas y chuletones de cinco centímetros de ancho, que se sirvieron a modo de un emparedado.

-Oiga – decía un hombre de mediana edad a una mujer anciana – Si tiene hambre no vaya a comprar comida peruana. Mire que feo está el lechón que sirven, el pellejo está muy grueso – mientras lo dice, revuelca con la cuchara un trozo de carne horneada por el platoncillo.
-Mijo, mejor hubiera comprado una arepa é huevo, que están más baratas y más ricas – respondió la mujer.

El evento se retrasa

Ya eran las cinco y media de la tarde y la reina electa del 2016 aún no llegaba. Los organizadores corrían de un lado a otro. En especial Martha Lucía Garsón Sarasty, mejor conocida como Lucy Garsón.

Lucy Garsón llegó a México por una convivencia internacional de deportistas y folkloristas en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez. En ese encuentro se enamoró de quien sería su compañero por 40 años, José Luis Pérez Suárez.

El matrimonio fundó la asociación Colombianos en México y el ballet Estampas Colombianas, con el que promovieron las danzas típicas de las diversas regiones de esa patria. Y en 1984 comenzaron a festejar el primer carnaval barranquillero.

“Creo que no tengo motivos para dejar de hacerlo. En México encontré el amor, la vida que en mi país no hubiera podido encontrar. Aquí viví plena”, dice la mujer de más de 70 años.

El pants blanco de Lucy suena con la fricción. Las mejillas se le sonrosan más. Esa mujer flaca da una vuelta y otra y otra, supervisa los detalles de sus bailarines, vestuario y música, sonido y tiempos. Mientras ella hace su labor, el Sultán de la Salsa ameniza el rato.

-Para el barranquillero que baila arrebatao. Para el mexicano que se le ha pegao. Para las zonas que se han unido, cada uno tiene su tumbao – el tremendo caché de aquel vocalista de raza colomboafricana instó a los asistentes a gritar y bailar canciones como No le pegue a la negra, Llorarás y algunos éxitos de Celia Cruz. Era imposible no verlo, llevaba además un saco azul eléctrico con una corbata de moño color roja.

La reina a coronar, Tatiana Fernández llegó. Los bailarines se dispusieron a terminar su calentamiento y su arreglo indumentario.

En algunos aspectos, a Lucy Garsón no la melló su viudez en noviembre del 2015. Se vio más preocupada “por la realización del carnaval que por la pérdida de su compañero”.

-Señora, ¿pero cómo le hace para no sentirse mal, si dice que fue su compañero de vida?
-A ver – dijo con un tono más cortante – yo soy psicóloga especialista en Gestalt y tengo una forma de vivir. Yo vivo el aquí y el ahora. Por eso estoy tan serena, porque tengo una misión en la vida y en este momento se llama Carnaval de Barranquilla en México – respondió con un triunfalismo cuasi creíble, de no haber sido porque sus ojos se enrojecieron y se aperlaron.

“El gran Gabito”

En los bailes no faltó la figura del colombiano más famoso que radicó en la Ciudad de México. Gabriel García Márquez bailó en las diferentes sedes del espectáculo recreativo.

-Cuando murió Gabo – explicó Garsón– pidió que no lloráramos su muerte. Quería alegría y música. Nosotros llevamos a un trompetista, y mi esposo y yo nos pusimos a bailar con su música, hasta que nos corrieron del Bellas Artes.

Varios intelectuales de la comunidad colombiana en México, como el autor de Cien años de soledad, promovieron la realización del festín que originalmente inicia cuatro días antes del inicio de la Cuaresma, desde 1829 así se hace en Colombia.

“Gabo nos mandaba mucha gente para admirar el evento. Por lo general siempre se terminaba metiendo a bailar o bailaba con su mujer. O terminaba bailando con quien se dejara – se ríe – Así era el gran Gabito”.

Para la seis de la tarde tuvieron que suspender la participación de otros grupos musicales. “Si no, nunca va a iniciar la coronación”, decían las organizadoras.

Y comenzaron con un repertorio de cumbia tradicional colombiana. El ruido del clarín aderezó la presentación. Algunos hombres subieron al estrado con su pantalón de manta, un morral cafetalero y su sombrero vuelteao, que es el sombrero tradicional de la zona costeña. Y las mujeres con sus vestidos adornados con escarolas de colores.

Tatiana Fernández, una chica de apenas 16 años, dictó su bando real.

-Yo deseo que en mi era,
no se acabe la diversión.
Lo deseo de corazón,
que nadie se quede fuera.

Ese versito lo acompañó con un movimiento de cadera. Hubo un grito de los caballeros, consecuencia lógica del agua de maracuyá que había surtido efecto. No por nada también se le conoce como Fruta de la Pasión.

“Aquí nadie me quita la corona”



Con los ritmos salseros, el vallenato y la cumbia, los integrantes de Estampas Colombianas dieron muestra de cómo se baila en el Caribe. El meneo de las caderas, tanto de hombres como de mujeres, idiotizaba.

El rey feo, Julián Rueda, subió luego de varios números. Fue coronado por la sultana de ese año, aunque sin las mismas reacciones del público.

Tatiana agregó a su bando real:

“Ordeno que en cada esquina, a punta de zapateo, se rompan las baldosas y las mujeres nos pongamos guapachosas. Que los timbales retumben a toda hora y las maracas se apoderen del sol en todas partes (…) se los ordena su reina que está de mandona, y esto no es Miss Universo, aquí nadie me quita la corona”.

Para ese entonces, los músicos y bailarines bajaron e hicieron el recorrido por la plaza del monumento a la Revolución. Aunque hubo luz para el encuentro, alrededor dominaba la penumbra. Eso no los detuvo, se alumbraron con uno trozos hechos de seis veladoras amarradas con un listón.

“El que reza y peca, empata”, dicen los barranquilleros para dar pie a la fiesta, a la bebedera y a la bailadera, que sólo se cura con el inicio de la cuaresma.

Fue la primera vez que el Comité se arriesgó a hacer su jolgorio en el Monumento a la Revolución. En 2015 fue en Tlatelolco y no tuvo la misma convocatoria.

Juanito Carnaval, personaje que engloba la festividad, fue enterrado ese mismo día. Así acabó la recreación del Carnaval de Barranquilla, pero no de la fiesta. Ese grupo de caribeños, citadinos y uno que otro europeo se siguieron con el son cubano que ahí tocó, pues como ellos gritaron: “hay que beber, reír y cantar, ¡Que el mundo se va a acabar!”.




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miércoles, 20 de abril de 2016

PEDRO PLATA: TRAS LOS PASOS DE UNA PARÁBOLA DE 59 YARDAS

  • Pie equinovaro bilateral congénito no le impidió éxito en futbol americano
Por Marco Antonio Plata Ortiz
México (Aunam). Primero se quita un zapato, luego el otro. Pedro Plata Hernández reposa los pies sobre el tablero. Se pone cómodo. Una mujer pasa por la acera y lanza una rápida mirada hacia dentro de la camioneta y prosigue camino. A donde vaya, el aspecto de Plata anima la curiosidad de los extraños. No se esconde. A veces te lo encuentras a la vuelta de una esquina y le pides un autógrafo. La sorpresa es mutua pero accede sin pensarlo.


Los años pasaron en balde para quienes esperaron sentados su derrota. Nunca ha claudicado. Ni siquiera cuando nació. En ese momento no hubo un doctor que diagnosticara su condición porque el alumbramiento ocurrió en su casa, rodeada de monte, milpas y coyotes, en Chantejé, municipio de San Miguel Acambay, estado de México. Una certeza se acrecentó en los testigos de aquel suceso, incluido el valle; todos guardaron silencio.

Pedro Plata padece el pie equinovaro bilateral congénito, un mal que incide en aproximadamente uno de cada mil nacimientos. Significa que sus dedos apuntan hacia el interior, las plantas de los pies miran hacia atrás y todo el peso de su cuerpo descansa sobre los tobillos.

A pesar de ello, su carácter le llevaría a conquistar las mieles del éxito profesional y humano en uno de los deportes de contacto más exigentes del planeta, haciendo lo que para muchos parece imposible: hacer goles de campo.

Con sólo una temporada en categoría intermedia jugó las cinco temporadas de elegibilidad en categoría mayor en la Organización Nacional Estudiantil de Fútbol Americano; dos temporadas de Categoría Máster de la desaparecida Liga Nacional de Fútbol Americano y dos más en la Liga Nacional de Fútbol Americano de Veteranos. Siete de esas diez temporadas (cinco de categoría mayor y dos de máster) consideradas en su momento del mejor nivel de fútbol americano de México, y cuatro veces ganador de la nominación para la selección ideal de la liga como mejor pateador de goles de campo y puntos extra. Jugaría un clásico Politécnico vs Universidad en 1978 y, en 1983, pisó el campo de prácticas de los Jets de Nueva York, donde estuvo a un paso de lograr una contratación en la Nacional Futbol League de Estados Unidos, superando las limitaciones físicas pero sobre todo, las imposiciones mentales que detendría a cualquier otra persona.

Los asientos traseros permanecen guardados en la camioneta. En su lugar, una camisa cuelga de un gancho. Hay cajas de cartón y archiveros de plástico cocidos con cinta adhesiva y desdoblándose hacia adentro. Una impresora corona varias maletas. Algunas bolsas de contenido indescifrable y demás fetiches y afiches propios de los viajes constantes se esparcen por los rincones. Un convertidor de corriente le permite recargar su celular para estar siempre en contacto con su familia. Todo parece tener un orden en la oficina ambulante de Plata.

“Acelero con el bastón y freno con la pierna izquierda. Ya lo hago automáticamente, incluso platicando; lo realizo de forma inconsciente. No siempre fue así. Antes manejaba de manera normal, usando las dos piernas. Me di cuenta que me dañaba bastante conducir porque al aplicar fuerza con el pie me lastimo donde tengo una herida.

“Las heridas aparecieron hace casi 10 años en los pies. Ya tengo alrededor de un año manejando de esta manera. Con el tiempo las heridas regeneraban pero ahora pienso que ya no será así. Necesito moverme y trabajar y adaptarme a lo que sea necesario. Hace nueve años que me pensioné por incapacidad”, señala el hombre.

Su mirada quincuagenaria recorre ansiosa todas las direcciones como si buscara adivinar la procedencia de alguna pregunta. A lo mejor en su juventud, cuando las entrevistas se hacían sobre el emparrillado, con las hombreras calzadas y el casco en la mano, lo tomaron desprevenido y ahora se cuida de los periodistas. Después de una charla corta pregunta si ya habíamos empezado. “Ya, desde hace 15 minutos”, le respondo.

“Manejo desde que tenía como 20 años. No poseía un auto. Tenía la duda si podía manejar con los pies encontrados. Empecé a practicar poniendo unos palos en el piso y luego, cuando invitaron a jugar futbol americano a mis amigos de la vocacional, y posteriormente a mí, Alfredo Jiménez Malinda, uno de los coaches, nos dijo ´yo tengo un coche pero está descompuesto. Si lo arreglan se los presto para que vayan a entrenar´. Salíamos a las 2 de clases y la práctica empezaba a esa misma hora, así que tomé la iniciativa y llevé el carro a la casa donde vivía para que mi hermano Jaime lo arreglara. En el auto de Malinda fuimos a entrenar como tres meses.

“Donde nací no había coches. Muy ocasionalmente veíamos alguno extraviado que por ahí aparecía. Las casas estaban separados por uno, dos o hasta tres kilómetros de distancia. Vivíamos en la boca del valle, a las faldas de un cerro. Un vecino, que no podía subir su auto hasta su casa, lo dejaba en la nuestra y ese era el carro que conocía. Era un jeep, lo recuerdo bien. Alguna vez me llevaron a vacunar al pueblo y fue cuando conocí los camiones.”

Sus cejas son ligeras, bailan y hacen sobresalir aquellos ojos aplastados por la carne de los párpados. Se sorprende como si fuera una historia ajena, por primera vez escuchada. De pronto su semblante se vuelve serio y su voz adquiere una vibración grave. Sus manos se tocan sobre el volante y agrega:

“A los nueve años vine a vivir a la casa de mi hermana en la Ciudad de México y entonces cambió todo. De habitar el campo con toda la libertad, vivir en la ciudad fue completamente diferente. Para desplazarme en el monte a todos lados iba caminando. La escuela quedaba como a 500 metros de nuestra casa, que era la más cercana. No era un trayecto considerable. Había niños que caminaban tres o cuatro kilómetros para ir.”

“¿Sobre qué caminaba? ¡Había senderos! Recuerdo cuando empecé a caminar, el suelo era tierra dura, incluso el de la casa. No podía apoyar directamente los pies por lo cual mis hermanos hicieron mis primeros calzados. Eran zapatos viejos o huaraches que recortaban para ajustarlos a mis pies. Ocasionalmente esos arreglos fallaban y alguien me cargaba. Los compañeros de la escuela más grandes, adolecentes, que compartíamos el salón porque sólo había primero y segundo de primaria, me llevaba en la espalda de paso a su casa.”

La ansiedad vuelve con alegría. Disfruta cada detalle con las manos en la nuca. Plata se regocija con los recuerdos. Los abraza como un tesoro inteligible para quien no haya esperado a que se muera el hambre, cuando es una visita inesperada.

“También me movía mucho al monte con mis hermanos, con Jaime sobre todo. En esa época él era el encargado de cuidar los animales. Hacía todo porque yo estuviera siempre con él. Entre juegos, hacía de transporte con una rama llamada horqueta, que jalaba de la parte más gruesa y así (sentado sobre los dos extremos que iban sobre el piso) me arrastraba para todos lados. Una vez me lastimé pisando una rama seca y me hice una cortada no muy profunda. Entonces Jaime me llevó en la horqueta por el monte todo el día. A veces, si había dos personas, me cargaban en una parihuela, que consiste en un par de palos, más o menos largos, paralelos, envueltos en un ayate como una camilla. Así me llevaban ocasionalmente, como un juego.

“En ese entonces, me cubría los pies y me amarraba algo, pero podía correr perfectamente. Andábamos de arriba a abajo en el monte. Jugábamos futbol. Como nuestros recursos eran limitados, la pelota era un montón de trapos o prendas viejas amarrado con hilo de ixtle proveniente de maguey. Eso lo usábamos mucho para hacer trompos, por ejemplo. A una rama le dábamos forma con un machete y con el ixtle ya teníamos un trompo.”

Parábolas

Su mirada se fija siempre hacia adentro cuando hace memoria. Trata de que al hurgar en sus recuerdos no se le escape ni una yarda.

“Mi infancia la pasé en movimiento. Nunca estuve recluido en un cuarto. La situación familiar era propia del campo. Tenía 12 hermanos y la interacción era principalmente con ellos. Además tenía un hermano menor, Federico. La atención de mis padres iba más con él, yo prefería salirme.

“Sin embargo, ir a la ciudad no fue tanto una decisión mía. En la escuela sólo enseñaban a leer y a escribir. Una escuela más avanzada implicaba caminar siete kilómetros hasta la carretera y tomar un camión hacía el pueblo. No contábamos con dinero para cubrir el pasaje.”

En ese instante un hombre mayor pasa caminando a media calle con un cigarro de marihuana en la mano. Pedro no se inmuta. Los vicios le son tan ajenos como darse por vencido. Continúa su relato:

“La mano de obra de los muchachos que crecen en el campo se vuelve indispensable. A muchos no les gustaba la escuela y se iban a trabajar, a muchos otros no los dejaban sus papás porque eran requeridos para cuidar los animales, recoger leña, ayudar a quitar la hierba, muchas actividades indispensables.

“De hecho, para integrar un grupo de la escuela se formaba una comisión de padres de familia que recorrían todas las casas invitando y convenciendo a los padres de la importancia de aprender a leer y a escribir. Entonces mi hermana mayor, Eufrosina, previendo que yo no podría desarrollar las duras actividades del campo, me invitó a vivir con ella en la Ciudad de México. No me imaginaba aquella vida. La televisión, por ejemplo, me era desconocida, apenas había escuchado el radio que una vez dejó Eufrosina en el rancho. Tenía nueve años y todavía no era del todo consciente de mi condición física.

“Llegué a tercero de primaria y me juntaba con quien fuera para jugar futbol. Nunca faltaron los niños curiosos que se la pasaban preguntándome por mis pies, ¿por qué esto?, ¿por qué lo otro? Algunos hasta llegaban a pisarme para ver cómo reaccionaba. Las personas mayores me veían y supongo, con buenas intenciones, me paraban en la calle para proponerme una solución. ´Yo tenía un sobrino así, un hijo... lo curaron´. Muchas eran propuestas disparatadas. Todos querían ayudarme”.

Extiende los brazos y abre las manos. La incredulidad se asoma con inocencia en su gesto. Como si todos fuéramos espejos y la mirada nunca nos penetrase. No se sabe si la impresión de su mirada es un genuino rebote de quienes no creían lo que sus ojos veían o el reflejo de tu cara. Y te empapaba ese entusiasmo mezclado con melancolía.

“Esa situación de curiosidad, de que todos me preguntaban, duró muchos años, creo hasta la secundaria. Recuerdo muy bien a esos niños que me pisaban cuando no les prestaba atención. Inclusive, uno de mis hermanos, con toda la inconsciencia y la crueldad que te puedas imaginar, me fastidiaba con que me iba a curar. ´Tráiganme un serrucho y el martillo para enderezarle los pies´, decía. Y yo corría al campo para que no me agarrara. Obviamente no me iba a serruchar, pero a mí me asustaba mucho”.

Él no quería ir a la escuela, lo obligaban. Cuando llegaba la hora, se iba a esconder al monte y se pasaba todo el día ahí. Nunca aprendió a leer.

“No me preocupaba la situación de mis pies. Mis carencias fueron compensadas por los apapachos de la gente que me rodeaba. Yo trataba de hacer mi vida como en el campo, la gente veía en mí mucha iniciativa e ingenio, así que me alimentaron de elogios por las muchas habilidades que demostraba. Por ejemplo, en la casa de mi hermana había un pequeño jardín donde, entre juegos, sembraba. Con una punta removía la tierra y metía unos granos de maíz. Al rato teníamos una olla llena de elotes y todos esbozaban felicidad sus rostros”, rememora. Y la sonrisa le aflora como un niño.

“En otra ocasión, para la escuela me pidieron un trabajo de Benito Juárez. En el rancho jugábamos a hacer adobes con tierra y pasto. Con el manguete de los calendarios dábamos forma a los ladrillos. Y en esa ocasión llevé una maqueta hecha, adobe por adobe, para la barda de un cuartito y un pesebre donde Benito Juárez había nacido. ¡Uuuy! Ese trabajo cómo lo elogiaron. Entonces también dibujaba y pintaba, y jugaba soccer. Le pegaba muy duro al balón. Siento que eso fue compensando cualquier limitación física”.

De nuevo la atmosfera se espesa en un momento clave. “Específicamente me preocupé en la adolescencia, cuando quise establecer una relación con las muchachas; sentía que tenía el carisma para hacer muy buenas amigas pero cuando pretendía ir más allá de la amistad, las muchachas me daban la vuelta y no querían otra cosa. En ese momento lo resentí ¿Por qué había nacido así? Eso fue lo que más me desanimó. Todavía para ese entonces usaba zapatos remendados. Les cortaba la punta y mis dedos salían.

“En una ocasión, creo que estaba en sexto de primaria, una de mis hermanas me llevó con un zapatero. Él tenía un problema similar al mío y pensé ´si él se hace sus zapatos no habrá ningún problema con que haga los míos´. ¡Resulta que no quiso!” La incredulidad se dibuja nuevamente en su rostro como quien espera harto rato una incongruencia sólo para señalarla. “El zapatero nunca había superado su situación y ya tenía como 40 años. Fue rotundo, no se prestaría a hacerme unos zapatos que lo dejaran como a él. Su consejo fue que me operaran.

El parteaguas vino cuando tenía alrededor de 20 años. “Mi estructura ósea había madurado. Entonces el desgaste de mis pies era más evidente. Utilizaba plantillas de cartón o de cualquier material blando que encontrara. Poco a poco, la fricción, el estar de pie, la confección de mis zapatos inadecuada, hicieron ampollas y las articulaciones me dolían hasta quedarme días tirado”.

Más allá de los límites

“Un compañero de la Escuela de Medicina que se desenvolvía en el hospital ABC me presentó al que en ese entonces era el mejor médico del mundo: el doctor Simón Build, quien poseía estudios en Europa y Estados Unidos, con muchas intervenciones exitosas. Después de examinarme, el doctor llegó a la conclusión que mis pies estaban prematuramente envejecidos; a la edad de 20, estos aparentaban 60. Auguraba que podría caminar un par de años más, pero después ya no sería posible.

“La opción era amputarme. ´Por la apariencia estética no te preocupes, te pongo una prótesis con un pie normal y todo el mundo te verá bien, ya no vas a tener problemas´, etc., etc… No se prestaba pensar que tuviera un interés económico. Nunca me cobró las consultas ni los estudios y la opción de operarme corría por cuenta del hospital como una labor social, entonces no existía la posibilidad de sacar algún provecho del asunto.

“No tuve mucho tiempo para pensarlo. En lugar de quejarme, Dios me dijo ´¡ahí está el futbol americano! Termina de formar tu carácter y sé feliz´. Todo empezó cuando invitaron a mis amigos, con experiencia previa en intermedia, a integrar el equipo de Búhos. Insisten que me vieron jugar soccer y para ellos la impresión fue considerable. Alfredo Jiménez dijo: ´tú vas de pateador´. No sabía nada de futbol americano.

“Empezamos a practicar en unas canchas de tierra, donde sí podía apoyar sin lastimarme; correr en el pavimento era doloroso. Ya sólo era posible jugar en aquellas canchas, el soccer estaba descartado. Como podía, colocaba el balón haciéndolo guardar el equilibrio y pateaba. Había que ir por la bola adonde cayera cada vez. Era muy limitado lo que podía hacerse.


“Una semana antes de empezar la temporada y designar las posiciones, Alfredo me llevó con Juan Genaro Martínez, el head coach. ´¿Qué hacemos con éste? ¿Le damos el equipo o no se lo damos?´ La actitud de resolver la situación como sea fue lo que convenció a Genaro de darme una oportunidad. Él no me conocía. Después me contó que la gente de liga mayor fue a ver las últimas prácticas para sondear posibles prospectos. ´No le des alas, eso no es para él. No va a poder. No lo ilusiones, después será peor´. Genaro se empecinó en demostrar lo contrario. ´¡Cómo de que no puede! Si él quiere hacerlo le enseñamos cómo´. Se dio entonces a la tarea de hacer lo necesario para que me dieran la oportunidad. Me incluyeron en el equipo. Hice unos zapatos especialmente para jugar, de piel blandita.

“El primer juego fue histórico. Estaba muy cerrado, cero a cero. No se veía quién fuera a anotar. Se presentó una oportunidad para patear. Yo estaba muy nervioso, sentía que todo el mundo se fijaba en mí. Lo pateé desviado. Luego hubo otra oportunidad. Como el primero lo mandé hacia un costado, el segundo quise compensar la trayectoria y volví a errar, ahora por el otro lado. ¡Tuve una tercera oportunidad! Me dijeron ´entra´, estaba distraído. Se me hizo muy lejos la portería. Cuando llegó el momento ni siquiera alcancé la distancia. Tenía buena dirección, pero el balón nunca llegó. ¡Tres goles de campo desperdiciados en mi primer partido! Al medio tiempo el director de la Vocacional seis nos dijo ´si ganan este partido les voy a comprar una chamarra a todo el equipo´. ¡Pues órale! En el último cuarto se presentó otra oportunidad. Pensé, ´ya fallé 3. Lo peor ya pasó´. Con toda la tranquilidad metí ese gol de campo y el partido lo ganamos 3-0. El director nunca nos pagó las chamarras.

“El primer año en intermedia no fue lo que esperaba. Sólo metí ese gol de campo y los demás fueron puntos extra, unos siete u ocho. Me quedé con la espinita clavada. Nunca había visto un juego de liga mayor, pero en el equipo, según los visores, había talento para jugar una competencia de mayor exigencia.

“1.3 segundos es lo que debe tardar en salir una jugada de patada desde que se pone el balón en juego, dilatar más significa que la línea ofensiva puede bloquearte o, peor aún, taclearte. El margen de error es diminuto y requieres de mucha concentración y sincronización para sacar la jugada. Esta es la oportunidad.

“Apostaba por dos cosas. Si realmente mis pies estaban tan desgastados como decía el doctor, no iba a aguantar el entrenamiento de liga mayor. Entonces procedería a la amputación. Y la otra opción, me esforzaba y se fortalecían mis pies con todo el trabajo sistematizado hasta recuperar su capacidad. Me la voy a jugar, dije. Genaro, desde el momento en que comenzó a equiparme, estaba convencido de que podía estar a cualquier nivel. Me comentaba, ´allá vas a tener un equipo médico, no tendrás que ir por las pelotas. Y me ilusioné´.

“En primera instancia, me di cuenta que mis zapatos de intermedia eran muy suaves. Hice un nuevo par de piel más dura, carnaza. Cuando mojas la piel y la secas al sol, se endurece como piedra. Mi motivación era infranqueable. No sabía hasta dónde podía esforzarme, pero no podía quejarme. Todo el mundo dudó de mí. Los coaches dudaban, los compañeros tenían curiosidad por saber hasta dónde llegaría, y a muchos otros les motivaba mi determinación.

“Mi carácter fue una respuesta a las necesidades. Por una parte, desenvolverme desde un medio con tan poco recursos, también el no tener la protección de mis papás; esa hambre de tener cosas mejores, de sentirme querido y aceptado, es como una bola de nieve, te alimenta para llegar al éxito. Me di cuenta que había muchas personas que se sentían orgullosas de lo que hacía. Pero sin duda, la falta de estructura familiar denotó mucho.

“Cuando vine a la Ciudad de México y salí de ese núcleo, aunque fue con los hermanos, añoraba mucho el regreso al campo. Esperaba las vacaciones con impaciencia para ir con mis papás. Soñaba con las veredas y los senderos, los campos llenos de girasoles que, en tiempos de lluvia, volvían morado el monte. Entonces mi mamá murió, yo tenía 13 años”.

Le tembló la voz por primera vez en toda la entrevista, pero siguió: “La estructura se rompió y fue cuando supe que no volvería al campo. Me marcó el querer tener una familia. Ahora ya no como un hijo, sino como un padre.”

Su figura adquiere un sentido más allá de lo corpóreo. Se erige como una idea, un pensamiento a prueba de cualquier obstáculo. Ya no es aquel pateador de goles de campo, es un coach. Las palabras de Pedro Plata te envuelven como el amor de un padre a un hijo.

“Tuve de escuela a todos mis hermanos, que eran mayores, excepto uno; aprendí de los errores que veía y adquirí una visión clara de lo que quería. Tantas cosas en contra me hicieron no minimizarme, sino todo lo contrario; mi vida ha sido improvisar de todo lo posible. Hay tantas oportunidades, donde uno desperdicia y lastima a las personas. ¿Por qué tiene que ser así? Tú puedes ser diferente. Y si en la adolescencia reclamaba por la futilidad de mi destino, la vida me mostró después que sin todos esos obstáculos no hubiera alcanzado las mejores satisfacciones”.






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NO ME VEO EN OTRA SECCIÓN QUE NO SEA DEPORTES: ENRIQUE SÁNCHEZ VERA

Por Manuel Alejandro Álvarez Torres
México (Aunam). Enrique Sánchez Vera se define a sí mismo como “cazador de metas, sueños y objetivos propuestos, que no se detiene en su andar, alguien que siempre está persiguiendo una ilusión que lo lleve a superarse diariamente, apabullando las adversidades”.

Periodista apasionado, carismático y empático, a pesar de sus 55 años de edad sigue demostrando que la experiencia es mejor que la juventud y que para sobresalir en la vida no hay un límite de años, pues disfruta día con día su “trabajo”, así, entre comillas, porque según él, aquello es un simple pasatiempo bien remunerado.


Enrique Sánchez Vera es oriundo del Distrito Federal, específicamente de la delegación Gustavo A. Madero, Enriquito, como le llaman sus amigos y colegas, es un periodista y comentarista deportivo, labora en Grupo Imagen Multimedia, por las mañanas da los pormenores de los deportes en la estación de radio 98.5, en el noticiario matutino que dirige Martín Espinoza, y por la tarde colabora con la sección deportiva en Excélsior Televisión, de dos a tres de la tarde, a cargo de Yuriria Sierra.

En los albores del día, una cabina radiofónica alberga a dos sujetos, al lado de dicho espacio, un antiguo estudio de televisión del cual solamente se distingue el ruido de máquinas y herramientas en funcionamiento. En dicha cabina hay cinco sillas giratorias y una mesa ovalada donde se pueden recargar los brazos y dejar hojas de papel junto a una grabadora de bolsillo.

El día de la entrevista, Sánchez Vera esperaba en una esquina afuera de Grupo Imagen Multimedia; vestía como debe de vestirse para un trabajo formal: traje negro que combinaba a la perfección con su calzado del mismo color, brilloso, recién boleado, aunque el saco lo cargaba en su brazo izquierdo; camisa de manga larga y tinte azul que hacía juego con una corbata azul marino.

Daba un sorbo de café y observaba constantemente su teléfono, pues ya casi era hora de que entrara al aire en otra cabina radiofónica y realizara lo que más le gusta hacer: enunciar y comentar las noticias deportivas del día, seguía revisando su smartphone mientras leía rápidamente sus notas tratando de jerarquizarlas.

“En un rato más le seguimos ¿no?, es que tengo que estar ahí con Martín, pero en cuanto salga, tenemos todo el tiempo del mundo para charlar, tomarnos un cafecito o salir por un desayuno, ¿va?”, dijo con un rostro de presión, pues sus notas estaban revueltas y no tenían pies ni cabeza, puesto que no le dio tiempo suficiente de prepararlas.

Con el tiempo cumplido salió de la cabina donde estaba, se despidió momentáneamente y prometió volver, así que recogió su saco y salió rumbo a otra cabina donde se encontraba una persona de camisa azul de manga larga, tez morena, pantalón y calzado del mismo color: negro, de 1.70 m de estatura, con mejillas redondas y acento yucateco, era Martín Espinoza, titular del noticiario matutino de reporte 98.5, quien anunciaba la entrada de Enrique Sánchez Vera para ofrecer los pormenores de los deportes.

Sánchez Vera tiene un estilo periodístico que hace que la gente lo siga y que se haya ganado un lugar de renombre dentro de la empresa, debido a que según los propios seguidores, tiene empatía con la gente y es accesible a todo lo que se le pide, cumpliendo cabalmente las órdenes.

Muchos de sus amigos platican que la historia del máster es digna de admirarse, porque proviene de una colonia popular y, a pesar de las adversidades, se ha sabido levantar y anteponerse a ellas, dejando en claro que la edad no es un motivo de estancamiento para no seguir progresando en la vida, pues cuando uno lo anhela lo puede lograr.

Luego de 50 minutos de anunciar los acontecimientos deportivos más importantes del día, salió de la cabina y con un “buenos días” a cual más que le sonreía, retomó a su antigua posición en la cabina radiofónica deshabitada.

“Ahora sí, ya tenemos tiempo suficiente para hablar de lo que quieras, vamos a la cabina”, dijo, y de vuelta a aquel espacio deshabitado donde nos esperaban dos cafés y un tazón repleto de galletas surtidas.

Habilidades y un toque de suerte

Al escuchar la pregunta de cómo llegó a formar parte de Grupo Imagen Multimedia, en su rostro se dibuja una expresión de recuerdo, y haciendo añoranza responde con singular alegría: “Llegar a esta empresa no fue muy sencillo que digamos, bien sabes que para trabajar en los medios necesitas una buena palanca o habilidades acompañadas de un toque de suerte”.

“Reporte 98.5 es una estación nueva, porque nació hace más de diez años, surgió como una estación de información especializada para la Ciudad de México, siendo un poco menos formal que el 90.5, que es una estación con periodistas de renombre y mayor peso a nivel nacional.

“Y todo esto nos conduce a que cuando solicitaban comentaristas y gente para la empresa debían de cumplir con múltiples requisitos, los cuales yo no tenía, yo me sentía perdedor y presentía que no me quedaría ahí; hasta la fecha no me explico cómo pude entrar a la empresa porque recuerdo que me dijeron ´déjenos su teléfono, nosotros le llamamos´. Y a la semana ya me tenía que presentar, es cierto, fue como un golpe de suerte, pero tú tienes que provocarlo mediante tus cualidades y aptitudes para el trabajo.

“Hasta la fecha me pongo a reflexionar, las cualidades o las cosas que vieron en mí que yo no vi”, dice al tiempo que en su rostro se perciben gracia y asombro. Continúa: “Cuando les dije a mis camaradas nunca me creyeron, decían que si me quedé fue porque tenía chispa y cumplía con el perfil indicado para el puesto, pues era una persona que pensaba en los demás y en el auditorio”.

Justo como se lo imaginaba


Desde que ingresó a Imagen Multimedia supo que eso era para él, justo como se imaginaba, hablando y conversando sobre deportes en una cabina mientras el productor y el operador le hacían señales o comentarios por el auricular. En su rostro se apreciaba un gesto de alegría y felicidad, pues por lo que contaba, el trabajo que ostenta cumplía todas sus expectativas.

Desde que asistía a la Escuela de Periodismo Carlos Septién se imaginaba en una mesa con micrófonos y otros compañeros discutiendo las notas deportivas a fondo y con cada opinión aumentar su perspectiva porque parte de su vida la ha construido con base en los comentarios de sus colegas y compañeros.

Sus compañeros y amigos coinciden en que si bien Sánchez Vera no es el mejor periodista de deportes del país por lo menos se le ve impetuoso y con ganas de trabajar. Su amigo Francisco Maturano dice que se ve a leguas que para Enriquito, como lo llama, lo suyo lo suyo son los deportes y que él está hecho para el periodismo radiofónico, como el periodismo radiofónico está hecho para él

Giros de 360 grados

Interrogado acerca de cómo Grupo Imagen Multimedia, en especial Reporte 98.5, ha cambiado su vida, Sánchez Vera se acomoda la corbata, hace una mueca de felicidad, decide quitársela y desabrocharse un botón de su camisa blanca, mirar su reloj y sacar su teléfono para mostrar la carpeta de fotografías.

“¡Uhhh, si te dijera!, Estar aquí me ha abierto las puertas de un mundo desconocido para mí, porque yo vengo de una colonia popular, y el estar aquí me permitió codearme con empresarios y demás colegas de un estrato social más elevado”, señala.

Imagen Multimedia le ha dado giros de 360 grados a su vida porque le ha permitido conocer celebridades y figuras del mundo de la farándula y del deportivo, además de cubrir eventos, como la Fórmula Uno o del Consejo Mundial de Lucha Libre, donde puede conocer referentes o personajes de talla internacional.

Maldito perro

Con los dedos de sus manos numerando empezó a dar una lista de frases que lo han marcado, como “vete al diablo”, “maldito perro”, “perro infeliz”, “canijote”, “chiquitín”, por mencionar algunas de su amplio vocabulario que utiliza de broma y genera risas y burlas cuando se escuchan al aire.

Es el tipo de lenguaje que sus radioescuchas desean oír en la radio. “No quieren algo recto y lineal, que se limite a decir las notas de manera aburrida, por eso mucha gente (del auditorio) me felicita y me pide que les dé más”, que les diga que son “maldito perro” o “perro infeliz” cuando está al aire, dice.

En La industrial, las ventanas de las casas eran los palcos

Después de un momento de risas y una vez agotadas las galletas del tazón y el café, Sánchez Vera va por dos botellas de agua, a su regreso empieza a hablar de su infancia y su juventud vivida en un territorio al norte de la Ciudad de México, en la delegación Gustavo A. Madero: la colonia Industrial.

“La tres veces gloriosa Industrial”, como le llama a la colonia donde vivió desde chamaco, está ubicada cerca de la estación La Villa-Basílica del Metro, allí reside gente de clase media con acceso a todos los servicios sin tener grandes mansiones o casas despampanantes. Clase trabajadora que suele ser muy humilde y caritativa con los que menos tienen.

Con nostalgia recordó la colonia y a las personas con la que pasó su infancia y juventud porque para él la vida en la Industrial fue sensacional, ya que ahí aprendió a valorar a la gente que lo apoyaba o que hacía un esfuerzo con tal de que siguiera adelante, porque deseaban que le fuera bien en la escuela, y eso fue lo que constituyó parte de su identidad y una de sus múltiples motivaciones para sobresalir en la vida.

“Había señoras muy buena gente en la colonia, siempre me regalaban manzanas, naranjas u otra fruta. Al término de un partidito de futbol la madre de un amigo nos regalaba naranjas con chile y una vecina nos daba una jarra de agua, y cuando le preguntábamos que cuánto era nos decía que no le debíamos nada, pues ella lo hacía de corazón y nunca esperaba nada a cambio”.

Cada vez que tiene la oportunidad de ir allá le gusta recorrer a solas la colonia donde creció. A cada paso que da va recordando aquellos partidos de futbol en medio de la calle, Se acuerda de aquellos gritos de ¡Pásala!, ¡Tírale! y todas esas indicaciones típicas del soccer. “Era sensacional jugar ahí porque la calle era nuestro estadio de futbol y las ventanas de las casas parecían los palcos del estadio donde podían vernos jugar”, apunta.

No se olvida de su gente

Enrique Sánchez Vera siempre voltea a ver a la gente que lo apoyó a ser lo que es hoy en día, nunca olvida el pasado que le ayudó a llegar a la cima y ser uno de los referentes de Grupo Imagen Multimedia.

“Esto que te voy a decir, tómalo como un consejo, pues es muy importante que cuando llegues a ser alguien en la vida nunca olvides tus raíces, no las niegues y no quieras tener una vida que no es, siempre ve por la gente que te ayudó para que ahora les puedas echar la mano, porque ellos confían en ti y no hay mejor manera de pagarles que reconociéndolos.”

“En mi caso, nunca olvido mis raíces ni a la gente de la colonia Industrial pues, como te dije, son ellos la motivación que tienes para seguir hacia adelante”, señala. Fue el día de su graduación como periodista que juró siempre ver por su colonia y ayudar en lo que se pueda a la gente de la comunidad donde creció y nunca olvidar sus raíces porque al fin y al cabo no las puede ocultar.

“Tus gustos reflejan tu verdadera identidad”, dice. “Por más que uno quiera ocultarlo o disimularlo, siempre habrá algo que nos delate y revele quiénes somos en realidad. Por ejemplo a mí me delata el tipo de expresiones que uso como el ´maldito perro´ y otras más, no puedo disimular mis gustos por las garnachas y los tacos, así como mi pasión por la música tropical principalmente salsa y cumbia, mis gustos por el deporte, porque le voy al América”.

Sin secretos

Afirma que no posee ningún secreto para tener éxito en la radio, sólo cumplir con lo que se le ordena en el trabajo, “tal vez porque hago que la sección de deportes del programa de Martín Espinoza no sea tan formal y aburrida, como en otros programas”, dice mientras busca en uno de sus bolsillos una goma de mascar sabor hierbabuena.

Llamado por muchos de sus radioescuchas y seguidores como “El comentarista del pueblo”, de pronto pone en su rostro una expresión de fascinación e incredulidad por el mote que, según ellos, se debe a que Sánchez Vera entiende perfectamente cómo dirigirse a su audiencia, pues ningún otro comentarista deportivo lo ha logrado.

“Todo lo hago por Rebeca, ella mueve mi mundo”

El camino para llegar a ser lo que es nunca fue tan sencillo y en ocasiones la suerte nunca estuvo de su lado, el golpe de tener que cuidar y criar a su hija Rebeca fue devastador. Ser padre soltero implicaría trabajar de sol a sol para mantener y ofrecerle una vida mejor, sin olvidar su crianza y la obligación de cubrir los gastos de la casa.

Cuando todo iba por buen rumbo, un golpe lo desequilibró y sacó del camino; sin previo aviso, se quedó solo, sin alguien que le ayudara a criar a Rebeca, su única hija. Hablar de ese tema no le viene muy bien, la tristeza y la melancolía hacen de las suyas en él. Se queda pensativo, en sus ojos quiere asomarse una lágrima pero la contiene.

“No todas las veces en la vida te puede ir bien, para llegar a ser el mejor primero debes tocar fondo, porque es de ahí donde inicias el camino para andar de nuevo, mientras estés abajo tienes dos opciones: quedarte ahí tirado y ya no hacer nada, o levantarte y sacudirte el polvo para seguir andando”, señala mientras busca su pañuelo para limpiarse el rostro.

--Entonces, ¿cómo le hizo o en quién se inspiró para salir adelante?
--Mi mayor motivación para no abandonar ningún proyecto o dejarlo inconcluso es el saber que lo estoy haciendo por mi hija Rebeca, de diez años. Ella es la que mueve mi mundo. Saber que soy su única fuente de ingresos me motiva más, porque no quisiera dejarla desprotegida o abandonada, sin que no tenga a nadie en quien apoyarse.”

--Siempre pienso en mi pequeña Rebeca, es ella la única mujer a quien más quiero en esta vida, inclusive si me preguntas te diré que todo lo que realizo lo hago únicamente por ella --En sus ojos una lágrima quiere salir, mientras le da vueltas a su vaso con café.

De pronto, de su cartera saca un fotografía donde aparecen su hija y él, sonriendo y divirtiéndose, en la imagen se visualiza a una niña de diez años con playera y pants rosados, de su cabello tiran dos coletas sujetas con una liga, mientras él aparece con bermudas de mezclilla y camisa tipo Polo, rayada, y una gorra negra.

Rebeca significa mucho para el maestro Sánchez Vera. Al tiempo que de sus ojos rueda una segunda gota, guarda la foto de nuevo en su cartera y se limpia el rastro de lágrimas.

“Perdón por las lágrimas chiquitín, es que recordé lo mucho que quiero a mi niña, pues es todo lo que tengo hoy en día”. Sin duda, es la parte más frágil de la personalidad de Sánchez Vera.

La conversación ha cambiado, pues resulta embarazoso seguir preguntando sobre ese tema que le aflige demasiado pero que evoca con sentimiento y nostalgia.

Por esa razón, sus compañeros y amigos le tienen una gran admiración, porque a pesar de ser padre soltero ha sobresalido en todo lo que ha hecho; sus metas las ha cumplido y eso, bien o mal, le ha ganado un lugar de prestigio en la empresa.

A sus 55 años de edad sigue demostrando que para anteponerse a las adversidades, la edad no es un factor determinante, tanto que hasta la empresa le ha otorgado ciertos beneficios y le ha acomodado un horario de trabajo accesible para atender asuntos de casa.

Los deportes, como anillo al dedo


Ya lo decía Francisco Maturano, uno de sus múltiples amigos en Grupo Imagen Multimedia, que en la sección deportiva se permite estar un poco más relax, porque conociendo a Sánchez Vera no se lo imagina reporteando situaciones de mayor seriedad, porque ésta no le va y su público no le gustaría verlo así, pues es él quien los divierte y entretiene. Además de que los mejores momentos de la vida de Enrique han sido gracias a la sección deportiva.

Como la vez en que se fue a Acapulco a cubrir el Abierto Mexicano de Tenis de 2013, con todos los gastos y viáticos a cargo de la empresa. “Esa vez me dediqué más a ver a las muchachas que a cubrir el evento”, lo dice con un tono picarón y en voz baja para que no ser escuchado por alguien más.

Aquella vez nunca se le olvidará porque fue una experiencia agradable ya que sólo eran cinco horas de juego por 19 de descanso y relajación, porque iba a la playa, dormía a más no poder o se echaba el mentado “taco de ojo” con las muchachonas que pasaban.

¿En serio está trabajando?

Por la época en que el entrenador de la selección nacional de fútbol era Miguel Herrera, un día El Piojo ofreció una conferencia de prensa en el Centro de Alto Rendimiento, en el sur de la Ciudad de México, por la salida a Cuernavaca. Esa vez Sánchez Vera iba acompañado de su colega y amigo Mauricio Ymay, corresponsal de Televisa, quien cubría todo lo relacionado con la selección.

Miguel Herrera estaba al micrófono hasta que llegó la ronda de preguntas, Sánchez Vera se levantó y cuestionó al entrenador nacional, pero la respuesta pasó a ser segundo plano porque lo que se recuerda de aquella ocasión fue la reacción de los compañeros periodistas.

La risa se apodera de él, toma un sorbo de agua y prosigue: “Recuerdo muy bien que le pregunté a Miguel sobre el planteamiento táctico del equipo y al tiempo que hacía la interrogación, se escuchaban murmullos que decían: ´¿A poco trabaja?´, ´Va a llover´, ´¡Vaya, ya era hora!´, ´¡Milagro!´, ´¿No estará enfermo?´, y demás comentarios que a Ymay y a mí nos causaron risa al terminar la conferencia de prensa”.

Los deportes lo divierten, lo entretienen y él hace lo mismo con su auditorio, por eso es casi imposible que lo remuevan de esa sección, porque el público lo pide a gritos todas las mañanas o las tardes en el programa Reporte Deportivo, transmitido de tres a cuatro pm, de lunes a viernes.

¡Habrá segunda parte!

Tras casi cuatro horas de conversación, el entrevistado debía partir hacia la llamada Esquina de la información (el cruce de las avenidas Reforma y Bucareli, donde se ubican los diarios Excélsior y El Universal), pues el enemigo a vencer era el tráfico esta vez, tenía que enunciar las noticias deportivas en el noticiero de dos a tres de la tarde en el canal 28 de televisión abierta (ahora 27.1).

“Tú no te preocupes, me avisas si deciden publicar la entrevista, si no, pues me vienes a ver y tomamos un cafecito y hacemos la segunda parte. No te digo ´adiós´ porque no es definitivo, mejor le dejamos en un ´nos vemos luego´¨, justo cuando tomaba su saco y su corbata, salió a los pasillos y, como de costumbre, toda la gente lo saludaba pues ha dejado huella en Grupo Imagen Multimedia.

En el escritorio dejó una nota, posiblemente la clave de su éxito, que decía: “Abdicar a tus sueños o esperanzas es traicionar a la gente que cree en ti; claudicar es tirar a la basura todo el esfuerzo que otras personas han hecho por ti; rendirse es la manera más fácil de parar en la búsqueda de los objetivos”.

Sánchez Vera sueña que un día le otorguen un premio de periodismo por sus años en el medio y para ello redobla esfuerzos, porque entiende muy bien que llegar a la cima cuesta, y mucho. El máster es ejemplo para muchos compañeros porque sobreponerse a los múltiples obstáculos no cualquiera lo hace.







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EL TITÁN CONTEMPORÁNEO


Por Ángel Fermín Ruíz Bautista
México (Aunam). “Lo que hago es casi sagrado para mí. Cuando estás en un escenario recibes ciertas revelaciones que no están en el plano de lo racional: sientes el viento rosando la piel, el peso se sublima y vas en contra de la gravedad, te conviertes en un cataclismo, es como ser el mar; la danza es una capacidad de transmutación muy bella”.

Así describe Raúl Tamez su profesión, un hombre que ha dedicado su vida al arte, a su gran pasión: la danza contemporánea. Siempre consciente del compromiso porque su labor trascienda lo estético, pues como sociólogo –su próximo segundo título profesional- defiende la idea de que “el arte debe adaptarse a las necesidades sociales, y la sociedad tiene que estar dispuesta a acceder a esos niveles de reflexión”.

Camino al lado de un joven de 28 años, alto, atlético, de piel blanca, cabello medianamente largo y rizado. En su rostro se dibuja una cálida y permanente sonrisa que denota humildad, a la vez que gallardía; es uno de los muchos que enfrentan con valentía a una sociedad donde los títulos artísticos son ninguneados y, a pesar de eso, triunfan.

Instantes después de charlar producen la impresión de conocerlo desde hace ya mucho tiempo, de que es un viejo amigo, un pergamino abierto que se puede leer detalladamente, cada pasaje de su vida marca un sueño realizado; trayectoria internacional, crítica y compromiso con su nación, son los puntos clave para entenderlo.

El llamado del arte

Desde muy pequeño tuvo claro que quería incursionar en el arte; primero se interesó por el piano, lo aprendía de oído porque su madre, pese haber incursionado en la ópera, siempre quiso bloquearle el camino: “Le decía que me inscribiera a la Escuela Nacional de Música y me cerraba el piano con llave”, cuenta como si ahora ya no importara.

Después quiso actuar, pero no tenía las referencias necesarias para hacerlo: “Mi abuelo era concertista y una tía cupletista, la llamaban La Bella Esmeralda, en la época de Agustín Lara en el cine mexicano. Pero no es que ellos me hayan influido directamente”.

A los ocho años se enteró del Centro de Educación Artística Infantil de Televisa, “una escuela con, por supuesto, fines lucrativos y comerciales”, comenta. Desde entonces era muy independiente y cuenta que él mismo marcó por teléfono para informarse del proceso de admisión, al ver esto, su papá lo llevó a escondidas a un casting multitudinario donde resultó seleccionado.

Es así como entró a hacer pequeños trabajos en la televisión, como Plaza Sésamo o Amigos por siempre. Pero no tardó mucho en atravesar un proceso de desencanto: “Descubrí que no era lo que quería hacer toda mi vida; me encontraba en esa etapa entre la niñez y la adolescencia donde las oportunidades en televisión son escasas”.

Empezó a sentirse desestructurado, ya que tuvo que hacer la secundaria abierta en un año, a los 13 ya había presentado todos los exámenes y ya hacia los 15 decidió dejar la actuación y hacer el examen para el Politécnico Nacional en la carrera técnica de Contaduría. Pensó que sería útil estudiar una carrera técnica y su mamá se sintió feliz con la decisión.

La vocacional estaba cerca de su casa; empezó a trabajar desde tercer o cuarto semestre en un despacho contable con su profesora de legislación fiscal. Ya estaba muy perfilado a irse por ese camino, sin embargo, nunca dejó de ir al teatro y adquirir más referencias, donde un buen día le sucedió algo que lo cambiaría por siempre.

Era un visitante frecuente del Centro Cultural del Bosque de Chapultepec. Una vez no había boletos para ver teatro; pero sí para danza. El ballet clásico no le gustaba, pero esto era danza contemporánea y le interesó saber de qué iba. Era una obra de Cecilia Lugo llamada Espejo de Linces: “Me pareció una experiencia verdaderamente reveladora” explica.

“Yo soy muy escéptico y me choca el pensamiento mágico, pero esa ocasión fue casi metafísica, porque me conecté tanto con la pieza, con los símbolos, con la abstracción, el uso del cuerpo, la poética en movimiento, me hizo sentir que el espacio se transformaba”. Antes el teatro le parecía una experiencia más directa, pero quedó atrapado en el misterio y el ritual de la danza.

A partir de ahí empezó a ver varios espectáculos de contemporáneo, y, en tres meses, cuando tenía 17 años, dejó el despacho contable y empezó a tomar clases de danza en las tardes, fue allí donde le sugirieron hacer el examen de admisión para la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (ENDCC).

Alrededor del mundo


El joven bailarín fue becado durante el segundo año de la licenciatura de Danza Contemporánea, por la Escuela Superior de Ballet Contemporáneo de Montreal. El director del Joven Ballet de Quebec estaba dispuesto a llevarse dos o tres alumnos becados de la ENDCC.

La academia extranjera conservaba un corte más clásico, “todos los bailarines tenían un manejo de puntas posmoderno muy elaborado”, por lo cual el director recorrió todos los salones de clásico, después los últimos años de contemporáneo –por tener un mayor nivel técnico- , pero no fue hasta que insistió ver a los primeros y segundos años cuando descubrió a Raúl; al instante le ofrecieron la beca.

Cubrieron todo el curso de verano. Cuando acabó el periodo le ofrecieron exentar la colegiatura por un año, pero no así los costos que implica vivir en Canadá: “Desgraciadamente no tenía las posibilidades económicas para tomar esa oferta; fue muy desesperanzador”, agrega.

En el último año de la licenciatura llegó a la ENDCC el director de Codarts: Rotterdam Dance Academy, que en su momento llegó a ser la escuela de danza contemporánea más importante del mundo; mediante una audición eligieron a estudiantes para llevarlos a Holanda, no obstante, no se hacían responsables de la estancia, como sucedió la vez pasada.

“Me puse a investigar, en ese momento no habían becas para el extranjero, mandé todo tipo de cartas a la presidencia, a la Secretaría de Cultura, al FONCA, hasta que me apoyó el INBA”. Después de haber sido seleccionado, el afortunado bailarín fue a Róterdam a concluir sus estudios profesionales.

Allí vivía a 10 minutos de la escuela, se iba en bicicleta, sus días empezaban a las 10 de la mañana y otros a las 11: “En México eso es impensable, aquí empezamos a las 7, no tienes tiempo de hacer nada, eso puede llegar a ser una sensación asfixiante cuando la comparas con otros niveles”, expresa aún sorprendido, aunque de eso ya hayan pasado 7 años.

“Solo me tenía que dedicar a estudiar, contaba con mucho tiempo libre e hice vínculos muy fuertes con gente de allá. Podía salir a la calle vestido como quisiera, mi nivel de ingresos era irrelevante por ser una sociedad económica con ingresos parejos. Creo que fue en Montreal donde entré a un banco sin vitrinas, incluso vi a uno de los ejecutivos con la cara tatuada”, comenta mientras su mirada se pierde en esos agradables recuerdos.

Cuando terminó sus estudios comenzó a hacer audiciones y le ofrecieron tres contratos; con esto tuvo que elegir entre quedarse en Holanda, ir a Israel o viajar a España, finalmente decidió trabajar en IT Dansa, del Instituto de Teatro de Barcelona, por el repertorio que ofrecía esa compañía: como Jiry Kilyan, Sidi Larbi y Nacho Duarte.

Respecto a la búsqueda de opciones laborales, cuenta: “para que un latino pase en una de esas audiciones tiene que ser un titán, y no un titán técnico o acrobático, tal vez uno emocional, de presencia, algo que lo distinga. Yo no daba crédito a lo que me pasaba en ese momento”, pues ya no se dirigía al extranjero como estudiante, sino como egresado.

En España tuvo su primer trabajo verdaderamente profesional: “En México trabajé en el Ballet Independiente, pero no se comparó con las condiciones de IT Dansa; por ejemplo, el primero tiene un espacio atrás del cine Teresa por el metro Salto de Agua, un edificio que ya se está cayendo, en el segundo piso entrenan lucha libre, y en el tercero hay un salón muy pequeño donde ensaya el ballet”.

En contraste, el Instituto del Teatro de Barcelona contaba con diez salones enormes, un pianista todos los días, cuatro ensayadores viendo los detalles de cada una de las piezas y vestuaristas: “Yo me sentía muy orgulloso de tener un contrato, de estar bailando en el extranjero, era la culminación de un sueño”, expresa.

Raúl reunió, en ese entonces, toda su energía de forma positiva, salía a divertirse, a las 2 o 3 de la tarde dejaba el trabajo, se la pasaba socializando, buscaba lugares alternativos, caminaba, leía. El clima mediterráneo era muy cómodo para él, pues hablan su misma lengua y hay mucha algarabía.

Heridas de la danza mexicana

El hacer carrera en otros países, no solo en España, Holanda y Canadá, sino también en 2 Move Dance Company con quienes viajó a Shanghái, o con el Ballet de Cámara de Riga donde se aventuró a Lithuania, le ha permitido ver un panorama amplio de la danza en el mundo, lo cual le ha generado ciertos resentimientos por la que se ha hecho en México, sobre todo en ciertos periodos.

“Hubo una época de oro de la danza mexicana entre los cuarenta y cincuenta, -afirma-, donde había piezas significativas con participación de otros artistas. Hacían, yo que sé, El venado y la luna con diseños de Carrington, con música de Silvestre Revueltas, coreografía de Guillermo Arriaga, entonces los productos eran tremendos”.

Expone que había una preocupación por tener una narrativa clara y bien estudiada: “Eso se ha perdido mucho, ahora se trabaja desde el azar y la indeterminación”. Existía una necesidad de hablar de temáticas nacionales, “por eso el nombre de Nacionalismo de la Danza”, el arte hacía un espejeo con la sociedad. Pero en los setenta hubo “una ruptura muy fuerte”, con las crisis en el país y la entrada del neoliberalismo.

En los ochenta y noventa hubo algo en la danza posmoderna, con los que califica como sus pocas referencias, tales como Raúl Parao, Boez Otelo y Lidia Romero, los cuales hicieron una ruptura muy necesaria y un estilo propio que acabó por desaparecer. Identifica que en México “han habido ciertas llamas, pero han terminado eclipsadas por la ignorancia, asuntos políticos, económicos y por un perfeccionismo que nos ha hecho mucho daño”.

Otra de las cosas que ve en México es que estamos permeados de un error sistémico y grave de negar nuestra propia identidad: “La visión eurocentrista y norteamericana, junto con la influencia de los medios de comunicación, hacen que gran parte de la danza sea una copia de esos modelos, refritos o falsas alabanzas de las técnicas de otros países, es una especie de colonialismo del arte”, declara.

En Holanda se pueden descubrir técnicas vanguardistas, a la vez que antiguas o muy conceptuales, “son performancistas, eso no los hace mejores ni peores”. El bailarín cree vehemente que en México hay un gran potencial y talento como en ningún otro sitio: “Si el mexicano fuera capaz de asirse de su figura de animal herido por el contexto histórico, podría ser brutal”.

Arte y sociología


Después de triunfar en los escenarios internacionales, el joven titán de la danza contemporánea regresó a México a seguir su carrera de éxito, pero vuelve a darle un halo de trasgresión a su vida, como aquél niño con los constantes impedimentos de su madre, y decide estudiar una segunda licenciatura: Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México; carrera que, al igual que la danza, no es reconocida en nuestro país.

El sociólogo se ríe de sus propias hazañas, pero reflexiona un poco sus palabras y prosigue diciendo que la curiosidad es uno de los factores que lo impulsaron, además de vivir en lugares realmente contrastantes: 20 años en Iztapalapa, ver una balacera, ser víctima de asalto en cuatro ocasiones, salir en televisión, vivir en Holanda… “eran estímulos muy radicales”.

Es la razón por la que le interesa ver cómo son las realidades para las personas, y el determinismo de esas mismas. Ejemplifica un fenómeno en España, donde veía a los inmigrantes pasar por el estrecho de Gibraltar, cómo eran segregados y odiados por una sociedad pseudo-primermundista, tenían que sobrevivir vendiendo cosas afuera del metro, y aún así, ese escenario era mucho mejor que el de sus Estados de origen.

“El mundo está volteado de cabeza, ¿cómo es posible que España, aún en crisis, su salario bajó de 1000 a 600 euros?, ¡siguen siendo 600 euros!”, exclama sensible, y confiesa que cuando hace danza recurre a esos temas: “Me empecé a dar cuenta que mis preguntas desde lo artístico, eran muy similares a las preguntas de un científico social”.

“El arte es sólo la punta del iceberg, he notado que la población mexicana está desinformada, caso concreto es la de una religión que le fue impuesta y le ha hecho mucho daño, pues generó represiones y actitudes como el machismo y el agachamiento” – hace una pausa para exteriorizar que tiene muchos ejemplos en su mente pero no encuentra la manera de exponerlos.

Después de fijar su vista unos momentos en el aire declara: “Los mexicanos tienen miedo a expresar abiertamente sus puntos de vista, a decir que no, a mostrarse como son, a renunciar a un empleo que no les gusta, a contradecir a sus padres: es una sociedad de miedo. Lo que intenta el arte es sublimar ese sentimiento y hacerlo más sencillo”.

Para él, el arte es la manera más directa de conectarse con lo inexplicable, es un puente que va más allá de lo humano, de la razón. “Cualquier obra que haya trascendido nos demuestra que va más allá de lo que un ser en particular haya podido concebir, pues el universo es inconmensurable, hay muchas cosas que no comprendemos y nunca vamos a comprender, pero el arte es una vía para llegar a ello”.

“En realidad suelo ser muy abierto con todas las ideas, incluso con los más conservadores, pero cuando alguien no entiende la labor del arte, verdaderamente quiero emprender una guerra contra ese alguien”, dice esto y puedo notar como sus ojos confirman la pasión con la que defiende sus ideales.

La sociología puede llegar a ser un campo más árido comparado con el arte, pero cubre un elemento que no tiene tan presente el segundo: la reflexión, bajar lo abstracto a una cuartilla: “El tiempo no alcanza, solo desarrollas ciertas habilidades, no puedes abrir una perspectiva teórica si estás dedicado por completo al arte”, afirma el estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde su promedio alcanza casi el diez.

Payaso Capital

Su opera prima, Payaso Capital, fue estrenada en Barcelona en 2014 y, al regresar a su nación, la adaptó al contexto mexicano. La obra es una sátira social sin caer en el panfleto, donde hace un reclamo por la decadencia del gobierno mexicano; con esta puesta en escena el bailarín ganó la atención de varios medios de comunicación, como La Jornada y el Excélsior.

Para esta obra recurrió al poema Los nadie de Eduardo Galeano, y tocó temas como la hegemonía de los partidos políticos, la democracia, las injusticias con los pueblos indígenas, el carácter institucional de la religión, la dudosa procedencia de las figuras políticas y los militares en México.

El antecedente de Payaso Capital fue Lady Macbeth, personaje que interpretó en la obra dirigida por Jaime Camarena: Macbeth, Ciudad de insomnio. Éste papel ha tenido un significado importante en su vida, lo construyó prácticamente solo y mucha gente lo empezó a ubicar por él: “Me contactaban alumnos de otras universidades que me habían visto en ese personaje para conocerme o dar talleres”, cuenta.

“En la televisión es muy fácil ser reconocido, aunque momentáneamente, en el arte no, menos en la danza”. Recién incursionado como director, utilizó las herramientas actorales que había aprendido y había dejado atrás para generar un personaje más desde lo teatral, y que tuviera todo el contenido de lo social.

Respecto al proceso de hacer una obra propia, narra: “Me dejó muchos conocimientos, autoconocimiento, muchas frustraciones, porque tienes que ser muy disciplinado y autocrítico, pues no sabes si confiar en el ojo externo. Para mí es muy difícil invitar a gente, aunque sea alguien muy experto, a que vea el proceso creativo, siento que me lo van a echar a perder, porque al final me dejaré llevar por sus comentarios”.

“Cuando lo presenté en el teatro de la ciudad (en la Ciudad de México) me llamó un funcionario diciéndome que no debía usar el himno nacional si quería seguir con mi carrera, porque era un delito federal, y si hubiera ido alguien de gobernación podrían haber cerrado el teatro por mi culpa; eso me gustó”, sentencia el aficionado a la transgresión.

Se considera una persona intensa, pero como director trató al principio de plantear relaciones horizontales con su grupo de trabajo, aunque tardó poco en ver que “se podían salir las cosas de las manos”; porque una vez más en el asunto de la educación: “El mexicano no sabe cómo llevar las relaciones horizontales en su trabajo”.

“Estamos acostumbrados a los jefes tiranos, pero cuando llega uno que no lo es tampoco funciona, es difícil encontrar el punto medio, pero últimamente lo he encontrado”. Raúl se promulga a favor de los derechos del bailarín, porque es uno de ellos: “Hubo gente que me dijo que ningún bailarín era indispensable, pero yo pienso que sí lo son, opté trabajar con ellos por una razón y considero que deben estar ahí”.

Dirigió también ¡Qué vivan los locos y los cobardes! II, obra que le valió la nominación al Premio a la creación escénica contemporánea de Un Teatro, afianzado por el CONACULTA y el FONCA.

Otra de sus puestas en escena fue Mingus, una ópera infantil con música de Philip Glass; en ella hace una crítica a la tecnología cada vez más presente en la vida de los niños, y el cómo ellos pueden reencontrarse con el arte. El elenco consta de un tenor, una soprano, dos bailarines y Mingus, el niño protagonista.

Los retos del titán

Los planes para Raúl Antonio Tamez Carrillo parecen apremiantes, pues en la danza, ahí donde el cuerpo es obra, se envejece muy rápido: “Estoy en el centro de mi carrera, aún no pierdo mis aptitudes físicas y tengo plena conciencia de mi cuerpo, quiero hacer una obra en donde explote todas mis capacidades”, expresa.

Después de participar recientemente en la producción de La bella durmiente del bosque, con nada de dinero por parte del equipo y solo asociándose a una empresa privada llamada Rising Art, el bailarín no pierde la fe en la danza, a pesar de que les fue negado cualquier tipo de apoyo.

“La situación es atroz, las instituciones culturales fueron las primeras en cerrarnos las puertas, cuando se supone que están para fomentar el arte. Si la iniciativa privada supiera que los bailarines tenemos licenciaturas, e incluso doctorados, y que asumimos una postura comprometida con nuestro oficio, la situación sería diferente; pero prefieren contratar al coreógrafo de Thalía”, señala con un semblante afligido.

Los artistas están casi obligados a defender la labor de las expresiones, lo están más en culturas donde el arte se aleja y ya “no forma parte del imaginario social”; pero ¿Quién realmente se involucra más allá y trata de entender la sociedad donde vive?, el titán contemporáneo alude a eso y es consciente que su país no necesita de una danza cada vez más museística.

Raúl se encuentra en proceso de titulación de su segunda carrera, aventurándose a recabar datos que demuestren y denuncien que la población mexicana no sabe siquiera qué es danza contemporánea. El titán dirige una última mirada para decir concisamente: “No entiendo cómo alguien no pueda tener una conexión con el arte, y no estoy dispuesto a hacerlo”.







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lunes, 18 de abril de 2016

PASOS DE BAILE, PASOS DE SALUD

Por Ximena Navarro Esquivel
México (Aunam). Puntiagudos y finos o gruesos o cortos; tacones hay de todos colores y formas: blancos con negro, azules, plateados; aunque ninguno supera los 10 centímetros. La cumbia de “El negro José” ha dejado de sonar. Es en ese instante que sus dueñas –enfundadas en vestidos ceñidos a sus curvas- alzan el brazo para pedir a los meseros de uniforme negro otro refresco que calme la sed provocada por el baile.


Tras 78 años de existencia, el Salón Los Ángeles, enclavado en la colonia Guerrero (calle Lerdo #206) sigue siendo una parada obligada para los amantes de la danza, y también, ¿por qué no?, para todos aquellos que deseen conocer un poco mejor el folclore de la Ciudad de México. Bien anuncia su fachada: “quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”.

No conoce el México de los hombres que, en pleno siglo XXI, se visten como los pachucos de los años ’50 (pantalones bombachos, saco holgado de tonos brillantes; camisas de algodón contrastantes con el color del traje sostenida por tirantes, sombrero acentuado por una pluma, “calcos” o zapatos de charol, cadenas colgadas del cuello y del cinturón). El México donde se presentó Aventurera. Donde quien llegue sin saber bailar, sale transformado en todo un experto.

O algo así menciona Alejandro González, “chilango de corazón”, quien desde hace más de treinta años radica en Acapulco, Guerrero; no obstante, su cambio de residencia a la costa no le impide disfrutar cada domingo de los bailes que se organizan en este lugar semi iluminado por tubos de neón rojos y azules.

Alejandro, cuyos frecuentes ataques de tos, no son un obstáculo para esbozar una sonrisa en su rostro moreno cuando conoce un extraño o cuando se encuentra a uno de los muchos viejos conocidos que frecuentan el salón. Quien sea es bienvenido por él y su candidez al sano arte del baile.

La obesidad, una epidemia nacional. La danza, una posible solución:

Según una entrevista al neurofisiólogo Eduardo Calixto -retomada por la propia página web del Salón Los Ángeles-, la danza tiene muchas ventajas para la salud: genera empatía, activa diversas partes del cerebro que permiten el desarrollo de capacidades como la audición o el lenguaje. Sin embargo, a juzgar por la cantidad de refrescos, hielos y pañuelos sobre la frente que circulaban por el tradicional recinto, este arte también quema calorías.

La obesidad en México es un problema de salud pública. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Enrique Graue la califica como una “epidemia”. Entre el público del salón hay quienes, desafortunadamente, pertenecen a esta estadística. No obstante, la anchura de su cuerpo no resta agilidad a los asistentes al salón, quienes mueven su cuerpo al son de la cumbia.

Según Encuesta de Salud y Nutrición 2012 el 71.28 por ciento de los adultos mexicanos padecen algún tipo de sobrepeso. Entre de las estrategias que han sido implementadas para solucionar este problema han sido la implementación del fomento del baile en las oficinas de Pemex Nuevo León o de los transeúntes dominicales de la avenida Paseo de la Reforma en la capital del país. El Salón Los Ángeles no se ha quedado atrás.

“Ven a ejercitarte” señala un anuncio dentro de la sección de avisos en la página web del salón. “Los lunes viene mucho joven a ponerse a bailar” completa “Juanito” de alrededor de 50 años, quien ha encontrado en el baile un escudo ante la epidemia señalada por Graue.

“Juanito”, testigo de los beneficios del baile y de una que otra estrella

Juan Alberto Cruz Bobadillo, “Juanito”, para los amigos, decidió incorporar los beneficios del movimiento rítmico del cuerpo a su vida por motivos cuestión de “edad y curiosidad”. Él lleva 25 años resguardando la ropa, bolsas y demás objetos de valor de los asistentes del Salón Los Ángeles por $10 pesos. Realiza su labor en un pequeño cuarto (no rebasa los cuatro metros de largo por los dos de ancho) lleno de anaqueles, perchas y ganchos cercano a la entrada y salida del salón.

“Cuando llegué no sabía bailar, pero aquí me enseñaron los maestros y hasta a concursos hemos ido (Francis y yo). Hemos ido a Veracruz […] Mi salud ha mejorado, me siento más sano, no me duelen las rodillas”, menciona emocionado, sonriente y con las mejillas teñidas de rojo mientras saca un álbum de fotos grueso, de portada negra, de entre el pequeño anaquel que destinó para resguardar sus pertenencias.

Su bigote, más blanco que negro, lucía más oscuro en las imágenes donde aparece con Francis (una joven de tez morena, cabello negro, labios pintados de rojo y tacones de diez centímetros). Su bigote también luce más oscuro en las fotos donde posa con celebridades como Tongolele, María Victoria, Niurka, entre otras, a quienes califica de “sencillas”. Agrega con una mirada indiferente y un calmo sonido de voz que no le emocionó conocerlas.

De vuelta a la pista


En frente del guardarropas hay diez mesas. Cada una está cubierta por un mantel rosa pastel, sin ocupante alguno. Al igual que las que quedan a un lado del escenario de cortinas de terciopelo rojo y tarima de madera. No hay tiempo de sentarse.

Entre canción y canción sólo hay algunos intervalos de silencio donde la pista, cada vez más repleta, se salpica del sudor de los asistentes o de unas gotas de refresco de toronja derramado por algún torpe bailarín.

Cuando la cantante afrocaribeña, de curvas pronunciadas y cabello decorado con broches dorados agradece la atención del público a los Hechiceros de la Cumbia. Al fin hay un momento de calma. La pista queda vacía. Los tacones son dirigidos hacia el piso de cemento gris donde se ubican las mesas de mantel rosa pastel.

La danza constante hacia delante y hacia atrás de la mano de las damas sentadas sobre las sillas de metal negro comprueba que el baile activa. Las sonrisas y abrazos entre quienes comparten o son vecinos de mesa demuestran que el ritmo da lugar a la amistad. Los 78 años del Salón Los Ángeles que México se puede conocer al son de una canción.






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SUSPENSIÓN DE LABORES Y ALCOHOL

Por Bernardo Uribe Valdés
México (Aunam). Un simple letrero en la entrada de un local puede determinar su futuro. El de “Suspensión de labores” es al que más temen. Este anuncio le hace saber a la clientela regular que su lugar favorito, ya no es seguro. Pues esas palabras combinadas nunca traen nada bueno consigo.

Significan la posible reapertura del lugar, no es tan fatalista como el de “Clausurado” pero va en esa dirección. Sin embargo la decisión de regresar a esos lugares dudosos ahora se encontrará en las manos de la racionalidad y quizás de la valentía.


Mientras se pueda ver la luz del sol, las calles de la avenida Acoxpa en el sur de la Ciudad de México son tan sólo un pasaje comercial más, sus grandes tiendas y plazas comerciales hace a esta zona un atractivo para el esparcimiento casual. Pero en cuanto la luz natural se desvanece, el aspecto de esta zona cambia.

La mayoría de los comercios locales cierran, y esos que se dedican a vender lo que en el día está prohibido, abren sus puertas. Reciben amistosamente a la gente dispuesta a olvidar los problemas de la vida cotidiana y sumergirse en los vicios, en el alcohol, el humo y la tentación.

Acoxpa es una de las zonas de bares más conocidas de la ciudad, también resulta muy conveniente para todos los jóvenes que provienen de las escuelas preparatorias cercanas, ya que pone a su alcance diversas opciones para lograr esa embriaguez desesperada, esa que de busca sin importar las consecuencias o el precio.

La luz natural es remplazada por la luz neón que irradia desde las marquesinas hasta los ojos de los comensales confundidos por todas las opciones. Después de unos minutos de comparar precios y ambientes, el bar “Vittorius” parece convencer a muchos aventureros nocturnos.

El elegido se encuentra en el segundo piso de una mini plaza. Es una esquina conformada por cuatro locales y un pequeño estacionamiento. En la planta baja: un 7-eleven y un local cerrado. En la parte superior, “Vittorius” está junto a lo que alguna vez fuera su mayor competencia, “El Dayana”.

Ahora sólo se observan los letreros de “Suspensión de labores”, el bar vecino perdió el juego de las mordidas. El juego es simple, cuando llegan las autoridades se les da su parte del pastel, ello miran al otro lado y la fiesta sigue. La vida de esta pequeña esquina ha visto mejores tiempos. Había veces que no se podía entrar por la cantidad de personas. Hoy, su público se limita a unos cuantos.

Cuando llegas y te aproximas a la entrada, un sujeto robusto vestido de negro con una pequeña linterna de bolsillo te pregunta ¿quieres mesa o ya te esperan? Basta con responder con un gesto para pasar la primera prueba. El segundo filtro depende de tu capacidad para comprobar tu mayoría de edad.

“Tu identificación por favor” palabras temidas por los grupos de adolescentes que esperaban pasar desapercibidos. “Hay que ser muy cuidadosos con eso de las credenciales, porque nos puede caer la Delegación, y pa que quieres”, dice el guardia con un tono irónico y burlón.

Apenas el año pasado la delegación Tlalpan empezó a poner reglas estrictas para regular el correcto funcionamiento de los bares; que se ubiquen al menos 300 metros de distancia de cualquier institución educativa, que no permitan el acceso a menores, y que respete las normas de salubridad.

“Con una mordida todo se arregla, el problema es cuando ya no hay con qué pagar”, dice el guardia mientras conversa con los clientes, esperando una propina. Uno de los atractivos de la zona para los jóvenes era precisamente la accesibilidad, factor que ha ido desapareciendo; y con eso, la popularidad de la zona. “Ya no se pone como antes”, se quejan los clientes regulares.


Una vez vencidas las trabas de seguridad, subes las escaleras y te incorporas lentamente al grupo de personas levemente embriagadas, reunidas simplemente para bailar y quizás conocer a “ese alguien especial”.

“¿Quieres bailar?”, es la pregunta más frecuente. Todos quieren pasar un momento acompañado. No importa que sea sólo por un par de minutos, mientras la canción termina. Bailar es el principal propósito. Algunos tienen un don natural y otros se ayudan de un par de cervezas para agarrar experiencia y sacudir la timidez. Pero todos, eventualmente, se acercan a la pista de baile.

El pequeño salón está obscuro, lo iluminan luces de colores que cuelgan del techo. Los pocos meseros chocan con las parejas bailarinas al igual que con las mesas cuyo espacio de separación no es muy grande. En una esquina se encuentra un sencillo escenario donde la banda a ritmos de cumbias y salsas, amenizan la fiesta.

Al lado de los músicos hay un par de sillones blancos, maltratados y hechos de imitación barata de piel, que conforman la zona VIP o la reservada para aquellos que se encuentren celebrando una ocasión especial.

Una por una las canciones provocan diferentes reacciones entre los presentes, unas son coreadas con pasión, mientras que otras incitan iniciar un baile íntimo o a proponer un brindis. El repertorio del grupo musical se agota y la música electrónica ahora toma el control.

La noche ha llegado a su fin y los meseros trayendo las respectivas cuentas a los bebedores lo indica. Finalmente todos han cumplido su objetivo, sea el que sea, todos aprovecharon la noche. Dinero, embriaguez, amor o quizás solo una esperanza, pero algo es algo.

Entre el humo de cigarro y el piso pegajoso, todos regresan a sus destinos. La banda guarda sus instrumentos y los meseros cuentan sus propinas. Este lugar esperara con ansias al siguiente día para seguir la rutina de la seducción.

La vida de lugares como este depende de saber jugar el juego de la evasión. Ese que se juega tanto que debería ser nombrado deporte nacional. El bar “Vittorius” sobrevivió un día más en la matanza de lo informal.





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¿QUÉ VAMOS A SALIR CAMPEONES ESTE AÑO?

Por Armando Montes Ramírez
México (Aunam). El Estadio Azul. Sus paredes han sido testigo de la magia, pasión y entrega que han dejado jugadores del calibre de Carlos Hermosillo, Óscar ‘El Conejo’ Pérez, Miguel Marín, Javier ‘Kaliman’ Guzmán, Francisco Palencia… y también de una ‘barra brava’ que cada año tiene la ilusión de por fin terminar con la sequía de 18 años sin un campeonato de liga.


La Sangre Azul, la hinchada que nunca abandona, ni en las buenas ni en las malas; a pesar de estar vetada del estadio se da cita una hora antes de que empiece el partido contra Pachuca. “Que vamo’ a salir campeones este año, ustedes poniendo huevos y yo alentando…”, se escucha a lo lejos; es la señal de que la barra ha llegado por la calle de Maximino Ávila Camacho. Los bombos, las trompetas y las banderas empiezan aparecer, el carnaval ha comenzado.

El azul y blanco predomina en las playeras, gorros, tambores, pulseras y hasta en los tatuajes de los integrantes que prometen amor eterno. Con cánticos al ritmo de cumbia esperan la llegada de la hora anhelada, los trompetistas bailan al son de los bombos, los encargados de los tambores de izquierda a derecha se mueven y, las personas de las banderas y demás integrantes saltan, cantan, aplauden, sin muestras de cansancio alguno.

El retorno del “chingón”.

Hoy se jugaba un partido especial para toda la afición celeste y el arquero del Pachuca; Oscar Pérez regresaba a la cancha en la que se forjó como uno de los mejores cancerberos del fútbol mexicano, como ídolo de una afición que lo vio alzar la copa en aquella final de diciembre de 1997 contra la escuadra esmeralda de León.

La llegada del camión del equipo ‘tuzo’ fue primero, la afición se amontona tras la reja metálica que los separa, sólo había un jugador que querían ver: ‘El Conejo’ Pérez. “Chingón, chingón, chingón hay uno solo, se llama Óscar Pérez, él es el más chingón”, canta La Sangre, en honor a la leyenda que regresaba al Azul con escudo diferente.

El periodismo deportivo y la liga creyeron que su campaña contra el “eeeeeeeh puto” había funcionado en el azul, sin embargo la afición no gritó en señal de respeto a la leyenda celeste. Al final del partido fueron recompensados con los aplausos y reconocimiento por parte del portero de Pachuca.

“Que no caiga el canto banda”

El reloj ya sentenciaba las cuatro de la tarde con 45 minutos, el partido estaba a punto de comenzar. Las banderas, trompetas, tambores eran guardados. La incógnita entre la banda era ¿quién tiene boleto para entrar? Desde el veto los boletos para la barra son al doble, en esta jornada con un Sor Juana podías entrar sin problemas.

En la famosa ‘puerta 8’ del estadio está el pasillo que da directo a la zona de la porra local: el tablón que ha protagonizado los mejores mosaicos de la liga mexicana, poniendo a La Sangre Azul como una de las barras referentes en el país, hoy sólo aceptaba a no más de 300 personas.

La venta a la zona estaba prohibida, la única forma de conseguirlo era por medio de los capos de la barra, pero eso no importa con cualquier boleto que se compre en platea entras; “Con tal de que vengas con la porra, no hay falla”, dice uno de los encargados de seguridad del estadio.

Los tres filtros de seguridad parecen eficaces, los policías bolsean todo lo que se pueda y hasta lo que no. Obligan a las personas a quitarse los cinturones, revisan la gorra y todos los bolsillos posibles con el fin de no entrar con algún arma o droga al estadio; sin embargo los ‘toques’ de marihuana en la sección de la barra están a la orden del día.

El árbitro pita el inicio del partido, rueda el balón pese a que sólo son alrededor de 300 personas el canto se escucha en el estadio: “Vamos Cruz Azul queremos la copa, la hinchada está loca y yo quiero verte campeón, yo te voy alentar como todo los años…”. Como pasa el rumbo del partido cambian de cántico: “Yo soy celeste”, “Cruz Azul es un sentimiento”, “No importa que diga el periodismo, la policía” Todos los cantos desgastan la garganta de cada uno de los integrantes.

“Pongan huevos banda, canten chingada madre” es el grito que sale cada diez minutos cuando cae el cántico por la falta de gol por parte del Cruz Azul; es raro de ver en una hinchada que está acostumbrada a los constante fracasos de su equipo.

“Pongan huevos, celestes pongan huevos”

Después de un gol bien anulado a Joffre Guerrón y la expulsión de Aldo Leao lo único que le queda al equipo es responder a las exigencias de la afición y sacar mínimo el empate.

“Últimos 15 minutos, jalen todo lo que tienen adentro” se escucha en el extremo derecho de la barra. La máquina cementera empieza a echar toda la carne al asador, los jugadores comienza a llenarse de pasión y entrega, quieren llevarse los tres puntos que serán de mucha ayuda para la tabla general.

Hinchada y equipo comienzan a ser uno mismo, los celestes al son de: “Pongan huevos, celestes pongan huevos…”, aparecen con toques constantes, torean al rival, cobres de tiros de esquina, desbordes por las bandas, intentos de paredes y constantes regates fallados no hicieron daño al rival.

Con un par de donas en el marcador final, el abucheo del estadio fue tremendo para el equipo, que pone en duda si lucharán por el campeonato y destrozarán la premisa de cada torneo: “Este año es el bueno”, frase que al parecer, para la afición celeste, ya no tiene una gota de esperanza.








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¡AL FIN UN NUEVO RÉCORD!

Por Bernardo Uribe Valdés
México (Aunam). Mientras que la mayoría de la gente se encierra en un mundo de un solo deporte, todavía hay personas que se aferran al deporte amateur, lo practican sin grandes multitudes apoyándolos, pero con la pasión y la entrega suficiente como para sobrevivir en el anonimato. El atletismo mexicano es uno de esos deportes solitarios.

El futbol soccer acapara el espacio de la televisión abierta todos los fines de semana durante la temporada de torneos, pero mientras los jugadores profesionales se preparan a salir al campo, otro tipo de deportistas también se preparan.

En medio, Diego del Real Galindo recibiendo la medalla de primer lugar

En el lado norte de la ciudad de México, a un costado del Palacio de los Deportes, se encuentra la Escuela Superior de Educación Física (ESEF), lugar que alberga desde su fundación en 1936, a los futuros educadores del deporte.

Es aquí que desde hace 44 años se celebran uno de los primeros eventos oficiales dentro de la agenda del atletismo mexicano. Los relevos ESEF marcan el inicio de la temporada de competencias. Atletas de toda la República viajan a la capital para intentar superar sus marcas y aspirar a un alto lugar dentro del ranking.

Las instalaciones tienen ese característico semblante de escuela de gobierno. La estructura principal consta de dos edificios de salones separados por un pequeño patio con unos postes improvisados que fungen como cancha de voleibol. Las paredes blancas con azul están cubiertas con anuncios e itinerarios de las actividades de la semana.

Al fondo, un pasillo largo te lleva a dar un recorrido más profundo. Primero pasas por las oficinas administrativas, pequeños cubículos con una computadora y repletos de papeles; el auditorio “Lázaro Cárdenas” es la siguiente parada y, finalmente, el gimnasio clásico con suelo de madera es el preámbulo para el escenario más importante.

La pista de atletismo se encuentra hasta atrás de todos los edificios, es vieja, probablemente no ha sido renovada desde su inauguración. Sin embargo, es lo suficientemente buena como para acoger a todos los participantes y brindarles la mejor experiencia competitiva.

Desde las 8 de la mañana los primeros involucrados empiezan a llegar; como es sabido entre la comunidad deportiva, siempre hay que estar un ahora antes de la competencia. Uniformes de todos los colores empiezan a desfilar en la pista de calentamiento. Aquí todos son rivales, pero el espíritu deportivo logra un ambiente de fraternidad.

Rápidamente se puede diferenciar a los competidores dependiendo en la prueba en la que se especializan. Los corredores de distancia son los más delgados, los de salto suelen tener un cuerpo mas formado, y los lanzadores siempre son los más pesados.

Aunque la mayoría de los atletas le dedican su vida al deporte por el simple “amor al arte” uno que otro se distingue porque ya juega en las grandes ligas. Un ejemplo de esto es Diego del Real Galindo, quien ahora busca un boleto a los próximos Juegos Olímpicos en la prueba de lanzamiento de martillo.

Mide un poco menos de dos metros de altura y es de complexión musculosa, su cara con rasgos felinos le ha ganado el apodo de “El Gato”. Ya es toda una leyenda en la comunidad y su actitud dentro del círculo, lo demuestra, inmediatamente que entra al campo, se convierte en otra persona.

Su semblante se vuelve serio, la sonrisa que tenía hasta hace unos segundos, desaparece. Su mirada se concentra y antes de empezar, suelta un sutil grito que alerta a todos los espectadores, les dice que ya está listo para hacer lo que mejor hace.

El originario de Nuevo León, ya ha representado al país en diversas justas internacionales, tales como los Juegos Centroamericanos y del Caribe Veracruz 2014 y los Juegos Panamericanos de Toronto 2015. Pero el sueño olímpico de convertirse en el primer hombre mexicano en representar al país en dicha prueba, no se irá tan fácilmente, y menos ahora que está cerca de cumplirlo.

El evento empieza y todos los competidores guardan silencio, muestran signos de concentración. Los primeros en pasar revelan una habilidad decente para lanzar el martillo, pero los últimos en pasar, son los que se posicionan a la delantera, entre ellos, “El Gato”.

Todos tienen seis oportunidades de lanzar su mejor marca. Para Diego del Real el momento de la verdad viene en el cuarto intento. Agarra el martillo, lo mira intensamente, entra al círculo hecho de concreto y ejecuta su lanzamiento. Después de unos cuantos segundos, suelta un grito que convence a todo el mundo de que ese ha sido su mejor intento. Celebra y confía en su trabajo. La cinta métrica corrobora su sentimiento.

Ha sido su mejor marca, hasta ahora. El lanzamiento de 73 metros con 56 centímetros es histórico, pues rompe el récord mexicano. Esta es la segunda vez que rompe dicho record, tan solo un año antes había superado la antigua marca de Guillermo Guzmán Magaña de 71.46, la cual había permanecido intacta por 23 años.

Diego demostró que no necesita los grandes reflectores para sobresalir y en él se depositan las nuevas esperanzas del atletismo mexicano. Un deportista solitario que le dedica su vida a una disciplina condenada a la indiferencia y que ahora supremamente grita: ¡al fin un nuevo récord!





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